Rapsodia eléctrica de Ayfara, Parte II

Treinta días pasaron, tan rápido como suelen hacerlo, y los cuatro hermanos se reunieron bajo los bajos techos de la Manta, ensayado día y noche, luchando por dominar una melodía que parecía ser tan traicionera como el patriarca de los Richild. La Dama Ema fue la primera en aprender su parte, pues antes de que el sol se ocultara en el décimo día, ella ya había logrado completar su pieza a la perfección. A partir de ese momento, la Dama se encargaría de ayudar a sus hermanos, conociéndolos más en el proceso, y aprendiendo a verlos como algo cercano a la familia.

Conoció de la vida y dificultades de Miriel, la única mujer entre los bastardos, y la única cuyo parentesco con los Richild parecía genuino. Entre ambas se forjó una amistad verdadera, y cuando Miriel, en el vigésimo día, se convirtió en la segunda en dominar su melodía, ambas celebraron y se juraron lealtad eterna, lealtad de hermanas. La Dama Ema también formó un débil pero verdadero lazo con Artos, el más salvaje y vulgar de los cuatro. Desde el primer momento, fue más que claro que Artos no era hijo de Brom Richild, sin embargo, poco le preocupó a la Dama Ema; después de todo, a su padre no le importaría, ¿por qué ella debería preocuparse? En esos treinta días, Artos había sido más hermano para ella, de lo que Brom había sido padre. “La familia no es solo la sangre,” pronunció la Dama en la noche del vigésimo séptimo día, cuando su salvaje hermano logró dominar su parte de la rapsodia, y le pareció que una lágrima se deslizó por el rostro de Artos.

Sin embargo, el lazo más fuerte sería el que se formara entre la Dama y Alein. El parentesco de Alein con Brom era un misterio, pues el muchacho no lucía como su hijo a primera vista, pero bien podía serlo; había mucho del patriarca en el joven y musculoso muchacho. No obstante, y en contra de sus mejores juicios, entre la Dama y Alein nació una pasión innegable, que con el paso de las noches se convirtió en algo más profundo, algo que ambos, en sus inexpertos corazones, juraron era amor. La noche antes de su gran prueba, ambos juraron que, de sobrevivir, huirían juntos, dejando atrás a los Richild, a su enano castillo y a la fortuna que albergaba.

El día por fin llegó, y Brom Richild, desde su trono de granate, colocó a sus Dones, invitados a escuchar la rapsodia, en el lado derecho del gran salón. Después, ordenó a sus cuatro hijos que se acomodaran en el lado izquierdo y les dio la orden de comenzar. La Dama Ema fue la primera en tocar su melodía, haciéndolo a la perfección y provocando un estruendoso aplauso por parte de los Dones. Acto seguido, Alein tocó su parte, temblando de pies a cabeza, pero sin dejar que el nervio le ganara a la cordura; cuando hubo terminado, también se le otorgó una ronda de aplausos, que apenas y duró, pues de inmediato el joven Artos comenzó con su parte. Si hubo alguna duda en el corazón del muchacho, nadie la notó, y Artos tocó tan bien como la propia Dama Ema. Por último, Miriel cogió su laúd y tocó con más pasión que los otros tres, pues bien sabía que aquella podía ser su última actuación.

Con la rapsodia completada, los cuatro hermanos se abrazaron, celebrando, creyendo que su padre honraría su promesa. Los Dones también festejaron la melodía de los jóvenes y se dispusieron a abandonar la Manta, suponiendo que el evento había terminado. Brom Richild, sin embargo, tenía otros planes. Antes de que alguien pudiera decir algo, una flecha cruzó los aires y penetró en el torso desprotegido de Miriel. La sonrisa se congeló en el rostro de la chica y antes de llegar al suelo, la vida ya la había abandonado. La risa de Brom Richild llenó el cuarto, una cruel e inhumana carcajada que recorrió cada rincón y estremeció a cada uno de los presentes, pero el hombre apenas comenzaba. Un nuevo ataque fue ordenado, pero la flecha falló, pues Artos y Alein se arrojaron sobre la Dama Ema, el blanco del arquero que se encontraba escondido entre las columnas.

Los Dones se congelaron, sin entender muy bien qué estaba sucediendo: los jóvenes habían tocado la rapsodia a la perfección. ¿Por qué su padre los atacaba? Brom Richild insistió, y una lluvia de flechas cayó sobre los tres hermanos, pero ningún daño fue hecho; en realidad, las flechas ni siquiera llegaron a tocarlos. Algo las había detenido. Pasaron unos segundos antes de que los presentes se percataran de las manos de Alein, de las cuales salía una poderosa energía.

“¡Anargáuta!” gritó Brom Richild, pero antes de que sus Dones pudieran reaccionar, Alein había lanzado un nuevo ataque, y la energía fue suficiente para obligarlos a retroceder.

Aprovechando la situación, el joven Artos corrió hasta el trono de granate. En su mano, una flecha se blandía, y el muchacho la empuñaba con tanta fuerza, que sus astillas lo hicieron sangrar. Él apenas y lo sintió. En cuestión de segundos, atravesó el salón, llegando al lado del anciano patriarca, apenas y dándole oportunidad de reaccionar. Lo último que Brom Richild vio, fue el rostro lleno de odio de su bastardo, y una flecha que portaba el emblema de su ancestral casa, y que sería el instrumento de su muerte. Un nuevo grito se escuchó en el salón, mientras la Dama Emy, enloquecida, corría hacia los Dones, señalando el cadáver de su marido y al asesino que seguía de pie junto al trono.

Los Dones quedaron paralizados: el salvaguarda de las tierras montañosas yacía muerto, asesinado por su propio bastardo. La heredera de su título permanecía en el piso, temblando después de que su propio padre intentara asesinarla. Y a su lado, un segundo bastardo los retaba, sus manos aun levantadas y emanando energía.

“He aquí,” exclamó la voz de Ricket Topaz, el Energizador de la Manta Negra, “nuestro nuevo salvaguarda.”

Para sorpresa de todos, el anciano no señalaba a la Dama Ema, sino al bastardo Artos, el asesino del patriarca. Los Dones se sumergieron en el caos: de ninguna forma habrían de aceptar a un bastardo como salvaguarda de las tierras montañosas, aun cuando hubiera sido el responsable de terminar con la locura de Brom Richild. Sin embargo, Artos era más grande que la Dama Ema y hubo algunos que intervinieron en su favor.

“Un hijo viene antes que una hija en cualquier linea de sucesión,” exclamó acertadamente Don Ouin.

“Un hijo legítimo,” refutó Don Han. “La Dama Ema es la heredera, por sangre y por derecho”.

“¿Y qué hay del joven Alein?” preguntó Don Dryryke, sembrando la discordia que habría de terminar con los hermanos. “Él también es hijo de Brom Richild, ¡y es un Anargáuta! Él fue quien protegió a sus hermanos. Él puede protegernos, ¿quién mejor que un Anargáuta para ser nuestro nuevo salvaguarda?”

La discusión siguió hasta entrada la tarde, y al final del día, los Dones se habían olvidado por completo del cadáver del anciano y demente patriarca. La situación se había complicado considerablemente, pues tres facciones se habían formado: la lealista, liderada por Don Han, que apoyaba a la Dama Ema y que habría de apoderarse del ala oeste de la Manta; la conservadora, que controlaría el ala este del castillo, liderada por el Energizador Topaz, que declaraba a favor de Artos apoyándose en el Derecho de Primera Sangre, una antigua ley de las montañas que decretaba como heredero al hombre que terminara con la vida de un rey, o en este caso, un salvaguarda; por último, los revolucionarios, liderados por Don Thome, que apoyaban a Alein bajo la creencia de que el Anargautismo era el futuro de Icea, y que controlaban la torre central y el salón del trono.

Y así, las tres facciones asumieron el control de los hermanos, sin preguntarles sus deseos, ni preocuparse por su bienestar. A los ojos de los Dones, los hermanos ya no tenían control sobre sus vidas: ahora eran salvaguardas, y sus vidas le pertenecían a las montañas. Pero los hermanos lucharon e intentaron, por todos los medios posibles, resistir a las manipulaciones de los Dones. Ellos tres eran, después de todo, familia, y se necesitaría más que intriga para separarlos. Utilizando a los criados del castillo, los tres se enviaban recados, informándose acerca de los planes de los Dones, con el propósito de colapsar las facciones antes de que el conflicto escalara más. Querían terminar con la disputa. Querían ser una familia verdadera, algo que ninguno de ellos había tenido nunca.

Tenían esperanza. Pobres tontos.

Segunda parte de “La Rapsodia eléctrica de Ayfara: un relato por el Energizador Salaman Reyner”