Rapsodia eléctrica de Ayfara, Parte I

La Rapsodia eléctrica de Ayfara. Un nombre elaborado para la que es, básicamente, una guerra peleada entre rayos y música. La batalla se dio entre hermanos, alguna vez unidos por un lazo poderoso, separados por las obras del destino y condenados a luchar el uno con el otro. Cuando la guerra comenzó, los Richild eran una de las familias más poderosas de Icea durante la Post-Ruptura; cuando la música terminó, los Richild estaban reducidos a cenizas, una sombra de lo que alguna vez fueron. Jamás lograrían recuperar la posición que algún día sostuvieron.

La Rapsodia comenzó, como tantas otras rapsodias lo hacen, con cuatro melodías muy distintas entre sí, unidas por la voluntad de un solo conductor. Brom Richild, patriarca de la dinastía Richild y salvaguarda de las tierras montañosas al oeste de Blavata, era un hombre con un sentido del humor…cruel, por decirlo de buena manera. Poseedor de todo lo que un hombre pudiera querer, Brom adquirió, durante sus años dorados, un gusto por jugar con la gente a su alrededor. Día tras día, el funesto hombre creaba intriga entre los miembros de sus tierras, causando disputas entre los Dones, creando discordia entre las damas y aprovechándose de las criadas.

Un mal día, harto de los juegos que hasta el momento había practicado, Brom decidió intentar algo nuevo. Durante su vida, el hombre había engañado a su esposa, la sufrida y débil Dama Emy, múltiples veces; el resultado de estas infidelidades había sido una multitud de hijos bastardos, regados a lo largo de las cadenas montañosas de Blavata. Con un movimiento de mano, Brom lanzó un llamado a todos sus bastardos: los cuatro primeros que llegaran a su venerable castillo, La Manta Negra, llamado de esa forma por la peculiar forma de sus torres, no altas, sino anchas, serían reconocidos por él y recibirían una porción de su inmensa fortuna una vez que él muriera.

El llamado causó un revuelo entre las tierras montañosas: mil y un muchachos y muchachas se hicieron camino entre las dificultosas circunstancias de las montañas para alcanzar La Manta Negra, ubicada en el cénit de Ayfara, la más alta y traicionera de ellas. El primero en llegar fue Alein, un joven atlético y bien parecido, que fue recibido con bombo y platillo a su llegada al extenso y negro castillo. Poco le importó a Brom si el joven era o no su hijo realmente, pues lo único que el atroz hombre quería era provocar molestia en su hija legitima, la Dama Ema. La muchacha, que por años se había resistido a ser partícipe en los nefastos juegos de su padre, se había ganado su odio y ahora, con la próxima llegada de los cuatro bastardos a su hogar, estaba a punto de experimentar en carne propia la crueldad de Brom.

Dos días después de la llegada a Alein, dos jóvenes más llegaron: Artos y Tobyn, dos humildes pero bárbaros muchachos, tan crueles como Brom, pero mil veces más salvajes. Ambos llegaron muy abatidos por el viaje, y de inmediato fueron llevados con el Energizador del castillo, quien los curó usando sus habilidades Anargáuticas. En cuestión de horas, ambos jóvenes ya estaban de pie y sembrando estragos dentro del castillo. Para la noche de aquel mismo día, el cuarto y último bastardo llegó a La Manta Negra, pero sorprendió a todos al quitarse la capa y revelar, no a un hombre, sino a una joven mujer, tan parecida a la Dama Ema, que cualquier duda de su parentesco con los Richild fue disipado una vez que su rostro fue expuesto.

Aquella noche, Brom Richild celebró un exuberante festín para conmemorar la ocasión. En su mesa, a su lado derecho, las Damas Emy y Ema, vestidas de negro cual si asistiesen a un funeral, apenas y probaron bocado en toda la noche. La madre lucía su usual expresión, abatida y compungida, mientras la hija desafiaba con la mirada a cualquiera que osara verla. A la izquierda de Brom, los cuatro bastardos disfrutaban, todos por primera vez en sus vidas, de los lujos de ser miembros de una familia noble. El festín duró hasta entrada la mañana; el alcohol corrió, las palabras se intercambiaron, los ánimos se exaltaron y el alba se tiñó con la sangre del joven Tobyn, quien en su ebriedad encolerizada, intentó asesinar a Alein. El torpe y escuálido Tobyn, sin embargo, no fue rival para el corpulento y fuerte Alein, quien con mínimo esfuerzo lo arrojó de una de las chaparras torres del castillo, cubriendo el patio entero de sangre de Richild.

Con un bastardo caído, los tres sobrantes se preguntaron qué es lo que les depararía el destino. Brom Rochild parecía desinteresado en la pérdida de uno de sus herederos; en realidad, el anciano parecía contento con la muerte de Tobyn, y fue entonces que los tres bastardos comenzaron a comprender la razón de su presencia en La Manta Negra. Una mañana, diez días después de la llegada de los jóvenes, el viejo Rochild convocó a los tres bastardos y a su hija legítima al salón del trono. Ubicado en la cima de la torre más alta del castillo, desde donde se podía apreciar la cadena montañosa de Blavata, el salón fue el único testigo del inicio de la guerra.

Sentado sobre su trono de granate, Brom Rochild le entregó a cada uno de sus hijos una partitura, larga y compleja, y les dio una indicación clara y precisa: “Ustedes cuatro han de aprender estas melodías y han de tocarlas para mí en exactamente treinta días. Todas las melodías son distintas entre sí, todas son salvajes y erráticas, y ninguna se parece a la otra. La rapsodia que resulte de la unión de las cuatro será el nuevo himno de nuestra venerable casa. Para que esto funcione, las cuatro piezas han de ser perfectas en su ejecución. Si alguno de ustedes falla al tocar su parte, o si ni siquiera se molestan en aprenderla, los cuatro habrán de sufrir la muerte más despiadada que mi experimentada mente puede concebir”.

“Pero padre”, intervino la Dama Ema, la única con el suficiente conocimiento para lograr aprender y dominar su parte en el tiempo dado, “si fallamos y te deshaces de nosotros, ¿quién heredará el trono de granate?” Su padre, con una burlona e implacable sonrisa, se limitó a responder. “¿Es que no habéis visto cuántos bastardos intentaron emprender el viaje hasta aquí? ¿O es que acaso creéis que vosotros son los únicos que cargan mi semilla? Si vosotros no podéis, alguien más podrá. Pero os recomiendo no pensar en eso y mejor concentraros en el tema que os incumbe. Vuestro tiempo comienza a correr ahora, hijos míos. Y yo no amenazo en balde.”

Primera parte de “La Rapsodia eléctrica de Ayfara: un relato por el Energizador Salaman Reyner”