¿Qué hacer si mi libro favorito fue escrito por un monstruo?

“Un hombre debe ser un gran genio, para compensar el ser un humano tan despreciable”. Estas palabras fueron escritas por Martha Gellhorn, la tercera esposa de Ernest Hemingway, en una carta dirigida a su madre. Con una interpretación moderna, las palabras de Gellhorn bien podrían ser una crítica feminista de cualquier pedazo de arte en la historia. Si bien la imperdonable frase fue concebida para describir a un solo hombre, el errático esposo de una escritora, las palabras, tal vez hoy más que nunca, resultan acertadas.

Por años me he debatido con mis sentimientos hacia dos películas en particular. La primera es una cinta de horror psicológico que descubrí una tarde por accidente; me obligué a terminarla, más por morbo que por auténtico placer, y desde entonces ha permanecido conmigo en una siniestra y profunda manera. La segunda es una comedia, dulce y fantástica, que por muchos años me enorgullecí de llamar mi película favorita, y que a la fecha mantiene un lugar especial en mi nostalgia. Ambas películas han influenciado mi voz como escritor; ambas películas marcaron un antes y un después en mi infancia; ambas películas tuvieron una gran presencia en una importante etapa de transición en mi vida; ambas películas fueron dirigidas por hombres acusados de violación.

“Repulsión”, dirigida por Roman Polanski, fue la cinta que me hizo descubrir el horror psicológico como género; la trama es perturbadora y confusa, y aborda temas de repulsión sexual desde la perspectiva femenina, mismos que me cuestan trabajo procesar dada la historia del hombre que los escribió y dirigió. “La Rosa Púrpura del Cairo”, una historia del poder de la fantasía como escape a la cruda realidad, fue una cinta que le impactó mucho a mi yo de quince años y que fue el inicio de mi apasionado romance con el cine y Hollywood en general. Escrita y dirigida por Woody Allen, la cinta es protagonizada por Mia Farrow, la en ese entonces pareja sentimental de Allen que, siete años después, lo acusaría de haber abusado sexualmente de la hija adoptiva de ambos, Dylan, una acusación que ha sido repetida varias veces por Dylan, y negada vehementemente por Allen.

En el momento en que estas dos películas comenzaron a tomar importancia en mi vida, poco sabía acerca de los actos cometidos por estos dos hombres. Después de todo, un adolescente de quince años con poco acceso a internet, ocupaba su tiempo en línea para hacer tareas y no para investigar escándalos Hollywoodenses de antaño. Mi descubrimiento de la página de internet IMDB fue el catalista para, poco a poco, conocer más acerca de los pasados de estos dos directores, y comenzar así mi gradual desencanto por estas dos películas. Aunque reconocía el impacto que habían tenido en mí, ya no disfrutaba verlas. Lo mismo comenzó a pasarme con “Chinatown”, “Balas sobre Broadway” y sobre todo, “Manhattan”, aquella infame película en la que Woody Allen interpreta a un hombre de 42 años que tiene una relación con una chica de 17. Había algo en ellas que me hacía sentir incómodo, y a esta sensación le siguió una de tristeza, como si hubiera perdido algo valioso. Después de todo, llegué a ver “La Rosa Púrpura del Cairo” tantas veces que prácticamente recitaba los diálogos.

Aunque había estado consciente de los crímenes de estos hombres por varios años, fue este 2019 que recibí otro golpe al enterarme de una noticia que destruyó otra de mis fantasías de la infancia, una que logré eludir unos buenos cinco años. Uno de los primeros libros que recuerdo haber leído fue “Las Nieblas de Avalon”. La novela, dividida en cuatro grandes partes, narra la leyenda Artúrica desde la perspectiva de los personajes femeninos. El decir que “Las Nieblas de Avalon” me ayudó a entender lo que es el feminismo sería una simplificación. El personaje de Morgana, uno de mis favoritos en la literatura, es un ícono de la ambigüedad, una mujer compleja, interesante, ambiciosa, torturada, encantadora, aterradora y poderosa. En pocas palabras, es una mujer entera, hecha y derecha, y no solo la idea de una mujer.

“Las Nieblas de Avalon” tuvo un profundo impacto en mí y en mi manera de relacionarme y percibir al sexo opuesto. Después de todo, “La Espada en la Piedra” había sido, hasta ese momento, mi única interacción con la leyenda Artúrica. La novela expandió mis conocimientos acerca de los personajes de la leyenda más allá de Arturo, y me hizo cuestionarme acerca del concepto del bien y el mal. “Las Nieblas…” tiene también una gran carga religiosa, y fue este el libro que, con su fuerte presencia pagana y desde una perspectiva femenina, me hizo cuestionar la doctrina de las religiones determinadas y dominadas por los hombres, sobre todo aquellas que, por muchos años, han sido tan injustas y crueles con las mujeres.

Imaginen mi sorpresa, mi furia y mi tristeza cuando, en febrero de este año y por mera casualidad, me topé con una noticia acerca de Marion Zimmer Bradley, la autora de este ícono de la fantasía. Esta escritora, que describió de manera brillante las complicaciones de ser una mujer en una sociedad dominada por los hombres, que redefinió lo que un personaje femenino puede hacer en el género fantasioso y que inspiró a millones de mujeres y hombres a nivel mundial con su ambiciosa apuesta literaria, era una violadora de niños. Su propia hija la acusó de violación en 2014, y afirmó que además de ella y su hermano, habían muchas víctimas más. Es importante decir que mi respuesta fue una emocional, pero no por Marion Zimmer Bradley; a decir verdad, más allá de “Las Nieblas…”, jamás logré interesarme por ninguno de sus otros trabajos. MI fascinación no era por la autora, ni por su cuerpo de trabajo, sino por los personajes, por Morgana en particular.

A los 26 años, confieso que no supe manejar la noticia. Mi mente estaba confundida y el libro que por tantos años valoré y consideré una influencia, era ahora, al igual que las películas antes descritas, una fuente de incomodidad. Y sentí tristeza por Morgana. La Morgana de “Las Nieblas…”, un personaje que marcó mi infancia, era ahora una desconocida y las razones eran fáciles de entender. Como escritor, sé que siempre se deja parte de uno dentro de los personajes. Me rehúso a creer que un autor puede estar completamente desapegado de sus letras. Al menos yo sé que, en cada uno de mis libros, hay una gran parte de mí. Bajo esa lógica, entonces, la Morgana que admiraba provenía, al menos en parte, de una mente terriblemente enferma, una mente cruel y retorcida. Un monstruo había creado a uno de los mejores personajes femeninos de la fantasía y eso me hizo reflexionar. ¿Tenía Martha Gellhorn razón? Se dice que todos los genios están torturados, y es un concepto que se ha romantizado varias veces en el cine y la literatura. Marion Zimmer Bradley era un monstruo. ¿Era Morgana, entonces, un monstruo también?

Mi reflexión me llevó a aquella pregunta, tan vieja como el arte propio: ¿se puede separar al arte del artista? La pregunta, ahora, más bien sería: ¿se debe separar al arte del artista? ¿Cómo se puede celebrar algo sin reconocer a la figura que lo creó? Mucho se dice que la crítica debe ser objetiva y desapegada, pero si un libro es aclamado por la crítica, ¿no se está aclamando también a la figura que lo escribió? Esta es una manera de ver las cosas, y bajo este juicio, no se puede ni se debe separar al arte del artista. Bajo este juicio, no puedo volver a disfrutar del libro ni de las películas.

Como todo en la vida, hay otra forma de ver las cosas, una que utilizaron los postmodernistas y que, como escritor, entiendo muy bien. En mi novela en Wattpad, “Los Buitres”, hay un capítulo en el que menciono, dentro de una conversación, que un escritor es una figura sin mucho poder, puesto que al final del día, es el lector el que le da significado a las palabras escritas, es el lector el que, con sus propias ideas, creencias y costumbres, le da su propia interpretación a lo que lee, y esta puede o no ser la que el autor quería transmitir. Esta creencia lleva muchos años circulando, por supuesto no la inventé yo, y es aquella en la que el autor está muerto, y el trabajo no habla por sí solo, sino habla a través del lector.

Bajo este juicio, el autor no creó el texto, sino el lector por el simple hecho de leerlo. Si lo pensamos bien, ¿no hay algo de cierto en esto? Son los fans los que mantienen a las creaciones vivas con sus fanfictions, videos, ensayos o simples pláticas acerca de ellas. En pleno 2019, todavía hay videos que hablan de posibles teorías acerca de Harry Potter, más de ocho años después de que la última película se estrenara, y doce años después del último libro. Ni qué decir de Game of Thrones, una comunidad tan activa que Reddit está lleno de teorías, muchas de ellas tan buenas que alguna sin duda deberá estar incluida en alguno de los dos últimos libros.

Bajo esta última premisa, entonces, la Morgana que me marcó, la Morgana de la cual quedé prendido al leer “Las Nieblas de Avalon” por primera vez no fue una creación de Marion Zimmer Bradley, sino mía. Yo fui quien la interpretó como la heroína definitiva, yo fuí quien la idealizó y quien encontró en ella todas las cualidades de una de las dos mujeres más importantes en mi vida: mi madre. Bajo esta interpretación, Morgana es tan mía como de cualquiera, y es esta visión la que puedo quedarme y atesorar, aun cuando jamás vuelva a abrir el libro. Esta epifanía me funcionó, pero no me dejó del todo tranquilo.

La cruda verdad es que probablemente jamás volveré a ver “Repulsión” o “La Rosa Púrpura del Cairo”, y jamás volveré a leer “Las Nieblas de Avalon”. Como un viejo amigo que llegó a significar mucho en tu vida, pero que el tiempo y la circunstancia arrancaron de tu lado, las películas y la novela permanecerán en mi interior como un vestigio de mi infancia, una memoria melancólica que me recordará a un determinado momento en mi vida. Ahora, con 27 años, puedo decir que escojo recordar el arte, pero no celebrarlo. ¿Y el artista? El artista está muerto y me quedo solo con recuerdos.