La espada de odio

Es una leyenda que todos solían conocer, una que, en algún momento del tiempo, inspiró temor en los corazones de cualquiera que la escuchara. Una leyenda que, con el paso de los años y el peso de la historia, quedó sepultada bajo los escombros de un mundo que continúa girando, día con día, sin detenerse para rescatar los recuerdos del pasado. Una leyenda que, ahora, no es más que un susurro, una sombra de lo que alguna vez fue, demasiado distante como para ser recordada. La leyenda que alguna vez provocó batallas y expediciones para probar su existencia, ahora no es más que un vestigio de milenios pasados.

La historia siempre empieza igual: con un hombre, un soldado que vuelve de la guerra, agotado y al borde de la muerte, que sucumbe ante sus heridas en la soledad del bosque y, abatido e incapaz de continuar, aguarda a su muerte con el honor que se le enseñó desde niño. Una mujer, campesina y humilde, sin padres, ni hijos, ni familia alguna que respondiera por ella, se cruzó con el soldado y lo llevó de vuelta a su cabaña, donde lo atendió y cuidó hasta su eventual recuperación. En el tiempo que compartieron, ambos se enamoraron y el soldado le juró que estarían juntos por el resto de sus vidas. Sin embargo, la guerra que casi lo había matado aun no terminaba, y su deber con el ejército persistía por lo que, con un beso como despedida, el soldado partió de vuelta a la guerra. Por días, la mujer esperó a su regreso, recibiendo una carta cada semana, enviada por su amor para dejarle saber que seguía con vida. Cuando pasaron tres semanas y ninguna carta llegó, la mujer comprendió que su amor había muerto en batalla y su corazón se endureció.

Era tanto el odio que llevaba en sus adentros, que la mujer un día despertó para descubrir que, de su rencor y su despreció había nacido una espada, con la hoja del negro más profundo y con una empuñadura hecha de espinas. La mujer la empuñó y de inmediato supo qué hacer con ella, y cabalgando hacía la guerra que le había quitado a su amado, arremetió contra cuanto hombre se cruzó por su camino, sin importarle a qué ejercito pertenecía. En menos de un día, la mujer acabó con ambas armadas, bañando su negra espada de sangre y cuando hubo terminado, consciente del destructivo poder que empuñaba, montó su caballo y cabalgó de vuelta a su recóndita cabaña en el bosque. Ahí, tomó las provisiones necesarias y empacó sus pocas pertenencias; después y con todas sus fuerzas, clavó la espada en la tierra, justo en el centro de su cabaña, y le rogó a los dioses que nadie jamás lograra encontrarla. La mujer entonces abandonó la cabaña y se marchó, para jamás volver a ser vista.

Las historias comenzaron a hablar de una espada con un poder tan destructivo, que podía decidir la suerte del mundo entero y en los años que siguieron, fueron muchos los que intentaron encontrar la cabaña de la mujer y recuperar la espada de odio. Miles de batallas se pelearon entre ejércitos para determinar quién tendría el privilegio de reclamarla como propia. Incontables crímenes se cometieron en nombre de una espada que jamás volvió a ser vista, mucho menos recuperada. Con el tiempo, los hombres se convencieron de que la espada no era más que un mito y abandonaron la búsqueda; la historia se convirtió en leyenda, la leyenda en mito, y después hubo quienes nacieron y murieron sin escuchar jamás acerca de la espada de odio.

Hay algunos, sin embargo, quienes afirman que, durante las noches sin estrellas, en la ciudad de Península, la más importante de toda Triquerra, se escuchan susurros, cantos de una voz ronca y profunda que le habla a todos aquellos con odio en sus corazones. Asesinos, ladrones, violadores, criminales de todo tipo e incluso uno que otro común, que jamás ha expresado su odio de manera explícita, han confesado que una voz los llama con promesas de muerte y destrucción, pidiéndoles que se adentren al bosque a las afueras de la ciudad, y los que lo han hecho afirman que la voz desaparece detrás de las cascadas de Miramón. Los escépticos dicen que no son más que inventos de los delincuentes, excusas para justificar sus acciones. Otros, sin embargo, afirman que es la espada, la misma que logró acabar con dos ejércitos enteros y que ahora, milenios después, sedienta de sangre, llama con añoranza a cualquiera que la pueda escuchar, esperando, pacientemente, a ser liberada de su prisión de una vez por todas.