El Grifo de Holbein

Son pocos los remanentes que quedan de los Dalvos, aquella civilización que reinó sobre Icea durante milenios, y que cayó ante la llegada de los humanos. Sus templos y antiguas estructuras fueron desapareciendo con el tiempo, destruidas por la barbarie y las guerras de los humanos, y todo rastro de su cultura fue poco a poco desvaneciéndose, hasta que únicamente sobraron algunos libros y textos esparcidos a lo largo de Icea, y, por supuesto, los grabados de Inocue, aquellos majestuosos retratos que nos hablan de una civilización mística y distante, y que son nuestro único vistazo al esplendoroso pasado de los Dalvos.

Inocue, la misteriosa y profunda cueva ubicada en el corazón de Holbein, muchas veces también llamada la Cueva Brillante, gracias a las grandes y multicolores piedras preciosas que parecen salir de la misma tierra, es hogar de los grabados que nos hablan del pasado. Se estima que hay alrededor de cien grabados distintos, algunos tan pequeños que es difícil notarlos, y otros tan masivos que ocupan paredes enteras; algunos hablan de la vida diaria para los Dalvos, otros hablan de su religión y otros más de sus costumbres y festivales. Los eruditos actuales han concluído que los Dalvos, anticipando su eventual caída, dejaron la mayoría de los grabados adrede, para preservar su cultura de alguna forma. Hay algunos, sin embargo, que parecen haber sido hechos por otras razones, y este es el caso de los Grifos de Inocue.

Los grifos son animales con cuerpo de león, cabeza de águila y alas y cola de quetzal. Antes pensados míticos, el reciente descubrimiento de restos en el sur de Holbein ha confirmado definitivamente su existencia. A partir de este significativo progreso, se le ha dado nueva importancia a los grabados de Inocue, bajo la conclusión de que la historia que se cuenta en ellos realmente debió haber sucedido, y sobre todo, para dar por fin una explicación a la desaparición de los Dalvos. Gracias a los pocos textos que sobreviven, sabemos que los Grifos eran animales extremadamente resistentes y poderosos. Aun en cuatro patas, eran más altos que el humano promedio, y se cree que sus alas medían lo que un león actual. Los Dalvos lograron domesticarlos exitosamente, y los usaban para distintas tareas dentro de su reino, incluyendo transporte y protección. Tan importantes eran en la vida cotidiana de los Dalvos, que tenían su propia celebración, la Grifaria, una serie de fiestas en las que las bestias eran reconocidas por sus servicios mediante flores, joyas y sacrificios animales.

Aunque el dominio de los Dalvos se extendía a lo largo de toda Icea, el consenso actual de los eruditos es que los Grifos eran exclusivos del territorio actualmente conocido como Holbein, pues las condiciones en el resto de Icea resultaban poco favorables para su supervivencia. No se sabe exactamente la razón por la cual los Grifos no podían sobrevivir fuera de su territorio, puesto que el clima de Icea ha cambiado radicalmente desde aquellos antaños días, pero se cree que las bestias necesitaban de intenso calor para sobrevivir. Los Grifos eran considerados los guardianes del cielo, pero su dominio se limitaba al territorio del cual eran oriundos; aquellos que se aventuraban fuera de los límites del actual Holbein, se marchaban para jamás regresar, desapareciendo entre las espesas y, en aquellos días, púrpuras nubes.

Por años se ha debatido acerca del eventual destino de los Dalvos. Se sabe que los humanos se enfrentaron a ellos y resultaron victoriosos en más de una ocasión, y se sabe que los números de los Dalvos decrecieron significativamente en un periodo de tiempo relativamente corto. Se sabe también que un día, los humanos encontraron las principales ciudades de los Dalvos prácticamente abandonadas, con únicamente algunos pocos que fueron dejados atrás y que se negaron a decir a dónde habían ido el resto de sus hermanos y hermanas. Las guerras de los humanos por el control de Icea durante la Pre-Ruptura les hicieron olvidar, poco a poco, a los misteriosos Dalvos, y para la Ruptura, y con la llega de los Anargáutas, todo recuerdo de la antigua civilización parecía haberse olvidado. Los pocos Dalvos que fueron dejados atrás, eventualmente murieron, presos y en la oscuridad de alguna mazmorra.

Fue en los primeros días de la Post-Ruptura, con el descubrimiento de los grabados de Inocue, que el interés por los Dalvos se reavivó. El reciente descubrimiento de una cámara oculta nos ha dado una posible explicación de la desaparición de estos seres, pues un grabado en la pared nos muestra a un grupo de Grifos, cada uno transportando a grupos de hasta veinte Dalvos, volando no hacía el oeste, sino hacia el este, hacia lo desconocido. El mundo actual considera a Holbein como el territorio final al este, y aunque se han montado numerosas excursiones desde Holbein, con el propósito de encontrar algún nuevo territorio al este, eventualmente todas han llegado de vuelta a Triquerra, confirmando las sospechas de que Icea es redonda. Y aunque el grabado nos da una posible explicación de la desaparición de los Dalvos, su destino final permanece un misterio. ¿Habrán llegado a Triquerra, para ser capturados por la Familia Oriel, la primera en establecer un reino en aquel territorio? ¿O habrán logrado esconderse exitosamente, y si fue así, qué fue de ellos?

Los paranoicos y fanáticos de las conspiraciones afirman que los Dalvos aun existen, y que han construido una civilización bajo tierra. Otros afirman que los Oriel los asesinaron a todos y bebieron su sangre para fortalecerse para las guerras venideras. ¿Y en cuanto a los Grifos? El consenso actual es que todos ellos murieron al terminar el viaje, habiendo cumplido su tarea de garantizar la huída de los Dalvos. Hay personas que, sin embargo, afirman haber visto a una misteriosa bestia alada surcando los cielos de Holbein durante los meses de verano. La más famosa de todas, Pansy Laren, aseguró que un día, merodeando por la espesa selva Lacaria, fue atacada por una feroz pantera, y habría muerto de no ser por la intervención de una enorme y majestuosa bestia, con sorprendentes alas multicolor y una larga y fina cola hecha de plumas verdes. La bestia ahuyentó a la pantera y después, sin siquiera volverse a mirarla, extendió sus alas y emprendió nuevamente el vuelo, desapareciendo en cuestión de segundos, perdiéndose en el intenso brillo del sol que los alumbraba.

Extracto tomado de “La antigüedad en Icea: de Anteños y Dalvos”, por Pioter Mussins