La Ciudad de Plata

Las leyendas de los Dalvos, la privada y extinta civilización que alguna vez dominó sobre la parte norte de Icea, y cuya asombrosa cultura está ahora preservada únicamente por las pocas y magníficas ruinas en el corazón de los Bosques Añiles en el actual Blavata, hablan de un pasado, antes de la llegada de los hombres a Icea, cuando el mundo era gobernado por los legendarios Anteños, los originales, los creadores, los guardianes de la historia del mundo, que le dieron forma desde sus tronos de cristal.

De acuerdo con los Dalvos, los Anteños fueron los primeros seres conscientes en Icea. Altos, delgados, tan blancos que casi eran transparentes y sin pelo alguno que cubriera su piel, los Anteños gobernaron sobre Icea durante todo el periodo actualmente conocido como Arcaico, aproximadamente cien mil años antes de la Pre-Ruptura. Con el control total que tenían, los Anteños extendieron su influencia a cada rincón de la tierra conocida y fueron capaces de, se dice, cubrir el mundo entero con sus complejas y espectaculares construcciones. Ninguna, sin embargo, se comparaba con Galia, la Ciudad de Plata.

Construida sobre las nubes y cubriendo más de la mitad del mundo, Galia era la ciudad principal del imperio Anteño, el hogar de los Consejeros, los líderes de cada sector del imperio, quienes vigilaban la vida diaria de los habitantes. Galia era, además, el hogar de la emperatriz, Amra, y su esposo, Elyon, quienes vivían en un palacio que, al igual que el resto de la ciudad, estaba construido de altaño, el mítico y ya desaparecido metal que, de acuerdo a la leyenda, sangraba de la tierra y era convertido a su forma sólida gracias a un proceso de congelación desarrollado por los mismos Anteños.

La mítica Ciudad de Plata flotaba encima de los Anteños, más que un símbolo, una promesa, un constante recuerdo de todo lo que estaba a su alcance, casi tan cerca para tocarla. Los Anteños no morían, sino que se retiraban de la vida activa cuando su momento llegaba, y entonces subían a Galia, para pasar el resto de sus días en serena paz. Rodeados de la energía, pura e intensa, que en aquellos días estaba completamente inalterada, los Anteños poseían algo cercano a la inmortalidad; en efecto, las leyendas de los Dalvos afirman que ninguno de los miembros de esta legendaria civilización murió durante el periodo en el que gobernaron sobre Icea.

La llegada de los Dalvos fue el final de los Anteños, pues la energía de Icea ya no era solo para ellos. Los Dalvos, jóvenes, llenos de vida y ambiciosos en exceso, absorbieron, como esponjas, la energía disponible en el mundo, y los Anteños no fueron lo suficientemente rápidos para reaccionar. Sus ciudades colapsaron, derrumbándose y llevándose consigo sus secretos y avances, y obligando a sus habitantes a huir hacia Galia, desesperados e intentando buscar un refugio de la destrucción a su alrededor. Pero la Ciudad de Plata no resistió el peso, y cuando el último Anteño hubo puesto pie en la ciudad, el piso se quebró y se abrió en dos, y la ciudad entera se derrumbo, sepultando a cada uno de sus habitantes bajo una montaña de escombros, ahogando sus gritos y privándolos de la energía que los mantenía vivos. Cuando la vida del último Anteño se apagó, los Dalvos, ahora dueños totales de la energía, ascendieron a la cima de la grandeza, construyendo sus edificaciones encima de las ruinas del alguna vez espléndido imperio.

Pero nada es para siempre, y la historia está condenada a repetirse. Con el paso de los años, los Dalvos, después de alcanzar su mayor esplendor durante la edad conocida como Clásica, cayeron ante los humanos, que más sanguinarios y ambiciosos que ellos, no dudaron en aniquilarlos por completo, destruyendo su alguna vez prolífica civilización. Irónicamente, los vestigios de los Dalvos que quedan en la actualidad son mínimos, mientras que aquellos de los Anteños, protegidos de la ira humana gracias a las estructuras Dálvicas construidas encima de ellos, han logrado sobrevivir hasta nuestros días, y ahora más que nunca nos hablan, susurrándonos secretos del pasado, cantando una canción cuya melodía ya nadie conoce, contándonos una historia casi olvidada por el tiempo y revelándonos cada vez más acerca de aquella mítica sociedad, la primera en nuestra tierra.

Extracto tomado de “La antigüedad en Icea: de Anteños y Dalvos”, por Pioter Mussins