La triste balada de Hector Woolsey

Dicen por ahí que las guerras cambian a los hombres: los hacen salvajes, inhumanos, alejados de la realidad. Se dice que el hombre que se va a la guerra, jamás regresa a casa, y puede que tengan razón. En mi caso, esta guerra no me hizo salvaje, ni inhumano y mucho menos me alejó de mi realidad, al contrario, me sumergió en ella, me enterró debajo de una montaña de escombros, de años pasados, de memorias olvidadas y conversaciones sin sentido. Ahora, desde mi prisión de grandes murallas y fuegos apagados, les doy mi última balada, la única que me queda, para todos aquellos que la quieran escuchar.

Mi nombre es Hector Woolsey y soy el menor de los hijos de Aldo e Imperia Woolsey, señores de la Castilla, el ancestral castillo de murallas rojas, que se yergue sobre la colina del Mafonte, en el corazón del nuevo reino de Triquerra. Mi niñez fue vivida entre libros y esculturas, pero sobre todo, entre música, pues en ella encontré el escape que tanto añoraba y que, en el fondo, sabía jamás habría de alcanzar. Aprendí a tocar el pianoforte antes de los diez años, y solía hacer música para mi madre, la única que realmente la disfrutaba. Cuando ella murió, perdí mis ánimos de tocar. Con veintidós años, se me ordenó contraer matrimonio con Laiza Alenca, heredera del Carbón en las Rocas, el castillo a la orilla del Mar del Fondo. La unión duró hasta la muerte de Laiza, doce años después, y terminó sin hijos, ni alguna otra cosa que justificara su existencia.

Mi vida no ha sido muy destacada, y nada en mi pasado es digno de contarse. Fue hasta el año pasado, cuando esta despiadada guerra estalló, que mi futuro habría de decidirse, de manera definitiva. La mañana del doce, en el cuarto del doscientos tres Post Ruptúrico, fue cuando se nos informó que los rebeldes separatistas habían tomado la Parrilla de Anda, la fortaleza más grande del reino, y habían asumido control del armamento y suministros: la guerra civil oficialmente había comenzado. Mi padre y mis dos hermanos mayores, leales al Rey Jasón, partieron de inmediato al frente, dejándome a cargo de la defensa de la Castilla.

En los primeros meses de la guerra, la Castilla no vio siquiera una sola gota de sangre. Nuestra gente buscó refugio dentro de nuestras murallas, pero parecía no haber razón. La guerra estaba lejos y nuestra vida continuaba. En el séptimo mes, me llegó una carta que habría de cambiarlo todo: mi padre y mis dos hermanos habían muerto en el campo, y ahora yo, el menor y menos brillante de la familia, era el nuevo señor de la Castilla. Con la guerra perdida en el sur, las fuerzas leales al Rey Jasón avanzaban hacia el norte, seguidas muy de cerca por los separatistas, que buscaban expulsarlos permanentemente del reino. Con la fortaleza de Volcar como destino final de ambos ejércitos, la avanzadilla forzosamente tendría que rodear la colina del Mafonte, y eso solo podía significar una cosa: la Castilla tendría que prepararse para un posible ataque.

El terror se apoderó de todos nosotros. Los consejeros y comandantes hicieron su mejor esfuerzo para preparar las defensas del castillo, y yo pasé días enteros preparándome en combate. Por fin, unos días antes de la supuesta llegada de ambos ejércitos a la colina, una paloma llegó, portando un mensaje con otros planes para nosotros: los fieles planeaban meter al Rey Jasón a la Castilla, y sacarlo a escondidas bajo el manto de la noche, para después dirigirse hacia el Mar de Manel y buscar asilo en Blavata. Sin embargo, nosotros debíamos hacerle pensar a los separatistas que Jasón permanecía dentro del castillo, mientras su ejército continuaba su avanzadilla hacia Volcar, con el propósito de dividir a las fuerzas enemigas. La carta concluía, entonces, que debíamos prepararnos no para un ataque, sino para un asedio.

La noticia parecía anunciar nuestro fin, pues cada uno de nosotros sabíamos que nuestros suministros no eran suficientes para resistir un asedio; a lo mucho, duraríamos dos meses antes de sucumbir al hambre. Sin embargo, nuestra lealtad estaba con el rey, y si eso es lo que se esperaba de nosotros, eso es lo que haríamos. Es lo que mi padre hubiera hecho. Los días pasaron, cada uno más lento que el anterior, y Jasón por fin llegó, disfrazado de plebeyo, pero con actitud de rey. Él y su pequeña comitiva ordenaron un festín mayor al que anticipábamos, y nuestras provisiones se vieron considerablemente disminuidas. Pasada la media noche, el grupo se dirigió a las mazmorras, y de ahí hacia el mar, montaron el pequeño barco que les preparamos y se perdieron entre la niebla nocturna, sin decir una palabra más. Fue la última vez que los vimos.

Como se nos advirtió, menos de un día después de la partida del rey, un enorme ejército de al menos diez mil hombres, se situó fuera de nuestras murallas, ordenando la entrega del rey a cambio de nuestras vidas. Nuestra respuesta fue la esperada y la guerra por fin llegó a nuestra puerta. Los días parecían ser eternos, y los sonidos de ráfagas Anargáuticas y truenos, se convirtieron en una perpetua sinfonía que nos acompañaba a cada momento. Por las noches, la lluvia de flechas comenzaba y más de la mitad del castillo fue impactada con al menos una de ellas. Cientos murieron la primera noche; después, la práctica nos enseñó a esquivarlas. El ejército leal constantemente nos enviaba noticias del frente, al menos los primeros días, diciendo que la guerra en Volcar iba de manera favorable para ellos, y que únicamente debíamos aguantar unos días más.

Y lo hicimos. Aguantamos por días, semanas, meses. Hicimos nuestras provisiones durar, y logramos milagros con lo poco que teníamos. Pronto, las noticias dejaron de llegar del frente, y una mañana, el soldado en nuestra torre más alta nos dio la triste noticia: al menos cinco mil nuevos hombres habían llegado para reforzar el asedio y eso solo podía significar una cosa. Por fin, la mañana de ayer nos llegó la primera noticia del ejército leal en semanas: las pocas fuerzas sobrevivientes habían salido rumbo a Blavata hacía unos días, para reunirse con el rey y planear el contraataque. Mientras tanto, Triquerra había sido dejada en manos de los separatistas y, pronto, tendríamos al total del ejército enemigo fuera de nuestras murallas.

Nada de esto me parece real y me cuesta trabajo creerlo. Afuera, el sonido de ráfagas y golpes me hace saber que las murallas están a punto de caer. En cuestión de horas, todo habrá terminado y apenas puedo esperar. Se han ido las últimas fuerzas que le quedaba a este cuerpo. En el espejo, mi reflejo me resulta desconocido, y he optado por cubrir todas las superficies transparentes, para no tener que verlo. Mi rostro está demacrado, mis ojeras llegan casi hasta mis pómulos y mis mejillas están sumidas y caídas. He perdido varios dientes y mi piel comienza a desprenderse, como si fuesen las escamas en una serpiente. No soy el hombre que antes fui, y no pretendo serlo.

Esta noche, por primera vez en años, toqué el pianoforte y fue como si el tiempo hubiera pasado en vano. Casi pude ver a mi madre a mi lado, sonriéndome y apoyando su cabeza en mi hombro. Pero, si ella estuviera aquí, no creo que me reconocería. Ni yo mismo lo hago. Aun así, me he sentado y he compuesto esta, mi última balada, que encierra todo lo que es y lo que fue, pero, sobre todas las cosas, todo lo que pudo haber sido y jamás será. Es la balada más triste que jamás escucharé y me alegra que lo sea. Ahora, esta balada es para tí. Te la entrego esperando que tu vida valga la pena, que la hagas valer la pena y cada que la escuches o la leas, te pido que le dediques un solo pensamiento a esta vida que estoy dejando. Así, y al menos por ese momento, todo habrá valido la pena.

“La Balada de Hector Woolsey”, encontrada en los escombros de la Castilla, al final de la Guerra de Liberación, doscientos cinco Post Ruptúrico