Con “The Politician”, Ryan Murphy intenta ser Wes Anderson (y fracasa)

Me imagino que la junta de pitch para “The Politician”, la primera serie de Ryan Murphy para Netflix, debió haber sido como una de las recomendaciones de Stefon, el popular personaje de Bill Hader en “Saturday Night Live”, y debió haber sonado más o menos así: “Este show tendrá todo: gemelos planeando parricidio, números musicales, sobornos a universidades, un suicidio, cupcakes envenenados, secuestros, la recreación de no uno, sino dos asesinatos a ex presidentes de los Estados Unidos y la que es, posiblemente, la elección presidencial de una preparatoria más exagerada y ridícula que se haya visto en la historia de la televisión”.

En papel, “The Politician” suena como una combinación perfecta: el elenco incluye a dos ganadoras del Óscar y a un ganador del Tony, pero el resultado final no puede evitar que nos preguntemos a dónde se fue todo ese potencial. Ben Platt interpreta a Payton Hobart, un exageradamente ambicioso y determinado estudiante que sueña con ser presidente de los Estados Unidos, y para hacerlo primero debe convertirse en presidente de San Sebastián, su preparatoria. El sorpresivo suicidio del candidato opositor, su antiguo tutor de mandarín, River Barkley, profundamente altera no solo a Payton, sino el curso de la elección.

Al ser una serie de Ryan Murphy, sabemos de entrada que será exagerada. Si algo es grande, Murphy lo hace enorme, después gigante y después lo hace explotar para revelar diez kilos de brillantina y celofán, pero “The Politician” intenta ser más que eso, y fracasa en el intento. En la superficie, la serie intenta ser una sátira de la ambición y de la ceguera de gente privilegiada, pero Murphy y compañía no son capaces de mezclar la gravedad de los temas que intentan abordar, con el humor negro en el que sumergen cada instante en pantalla. El equipo detrás de “The Politician” intenta inyectar a la serie con un aire de peculiaridad, pero lo logra solo a medias; sus ocho capítulos transitan un delicado balance entre la comedia y la ridiculez.

El elenco hace su mejor esfuerzo, pero solo algunos saben exactamente en qué clase de serie están. Ben Platt hace su mejor imitación de Tracy Flick, triunfando la mayor parte del tiempo, y Lucy Bointon hace el papel que Emma Roberts haría si Murphy la hubiera escogido para esta serie y no para “American Horror Story: 1984”. Jessica Lange, una favorita de Murphy, está estancada interpretando el mismo personaje que siempre interpreta en los proyectos del creador, desde Constance en “American Horror Story”, hasta Joan Crawford en la subestimada “Feud: Bette and Joan”: la dramática y desequilibrada mujer al borde del colapso nervioso, y aunque Murphy le da los elaborados monólogos que la actriz domina y recita de manera perfecta, el resultado comienza a ser no solo esperado, sino también cansino.

Gwyneth Paltrow pasa la enteridad de la serie actuando como Margot Tenenbaum, pues al parecer ella también pensó que se encontraba en un proyecto de Wes Anderson, y no solo es ella, pues Bob Balaban, en un papel diminuto y desaprovechado, también parece confundido. Y las referencias a Anderson no acaban ahí y van desde el aspecto visual, que incluye cortes aleatorios a libros, muebles simétricos, colores brillantes y animales disecados, hasta el mismo núcleo de la serie, en el que es fácil ver que Murphy y compañía intentaron hacer la misma comedia que Anderson tan exitosamente usó en clásicos como “Los Excéntricos Tenenbaums” o, más recientemente, “El Gran Hotel Budapest”, y de la cual “The Politician” solo tiene fugaces destellos.

La serie sobresale cuando se aleja de la elección, y se enfoca en los aspectos más humanos de sus personajes. La relación entre Payton y River, prometedora y elevada por la eléctrica química entre Platt y David Conreswet, jamás es explorada del todo y resulta una oportunidad desperdiciada. Igualmente, el lazo entre Payton y su madre resulta enternecedor gracias al compromiso de Platt y Paltrow por desarrollar una verdadera conexión. Como la novia de Payton, la autodescrita “perra fría con agua helada en las venas”, Julia Schlaepfer destaca en sus escenas, y es, además de Paltrow, quien mejor domina el tipo de comedia que Anderson utiliza; Laura Dreyfuss y Theo Germaine son verdaderas revelaciones y Rahne Jones logra brillar, a pesar de tener uno de los personajes más desagradables de la serie.

El capítulo final de “The Politician” es el más prometedor, tanto que es difícil explicar por qué la primera temporada no empezó con esta trama y tuvo que enfocarse en la preparatoria. En parte porque la idea de Judith Light y Bette Midler juntas es demasiado tentadora para pasar por alto (y unos de los mayores errores de esta primera temporada es jamás tener a Paltrow y a Lange juntas en escena), y en parte porque el capítulo parece totalmente distinto a los siete que lo preceden. “The Politician” pierde su ritmo alrededor del capítulo cinco, sin duda el más aburrido e innecesario pero, afortunadamente, el más corto, y no logra recuperarse. Pero el cierre de la temporada promete un tono distinto para su futuro, y aunque Ryan Murphy no es, bajo ninguna circunstancia ni medición, una promesa segura, sí es lo suficientemente convincente como para ganar mi curiosidad con una segunda temporada.

“The Politician” tiene más bajas que altas, pero la promesa de una mejor segunda temporada, y para los momentos finales, un elenco más cómodo en sus papeles que al inicio, hacen que el resultado actual sea secamente satisfactorio para todos aquellos fanáticos de las sensibilidades de Ryan Murphy. Pero, si el creador espera que las audiencias le den su voto de confianza ahora que está en Netflix, tendrá que esforzarse más y proponer un mejor candidato que este.