La desaparición de Elicia Tamas

El baile siempre ha sido un arma más peligrosa de lo que muchos piensan, casi letal si se sabe usar propiamente. Si sabes bailar, se dice, sabes encantar, y por lo tanto, aunque sea por un momento, sabes dominar. Nadie tiene esto más claro que las mujeres de la pequeña pero orgullosa villa de Cártamo. Ubicada en las afueras del espeso bosque de la Honda, antes de llegar a la capital del reino de Holbein, Cártamo es conocida en todos los reinos como la cuna de la danza, el único lugar en toda Icea donde el baile es más importante que el decoro y la propiedad. Todos los años, justo en el sexto mes, durante seis días seguidos, en la hora en la que el sol esté a punto de ocultarse para dar paso a la luna, las mujeres de la villa se juntan para danzar la legendaria Galantagaza, un baile lleno de color y ritmo que hace de esta tradición una experiencia como ninguna otra.

Cártamo, aunque reconocido en toda Icea por la Galantagaza y todo lo que este baile incluye, desde los vestidos y trajes de las mujeres, hasta la música con la que se baila, es también conocido como el hogar de la legendaria Elicia Tamas, la mujer con las caderas eternas que, se dice, fue la mejor bailarina que Icea jamás hubiese visto. Elicia Tamas era hija del herrero de Cártamo, una de tantas chicas que nació en la villa y que, desde la infancia, aprendió a dominar el arte de la danza. Demostrando aptitudes que de inmediato la pusieron por encima de las chicas de su edad, Elicia pronto se convirtió en la estrella de Cártamo, pues sus formas para el baile eran tan atractivas y acertadas, que se decía era capaz de hipnotizar con sus movimientos a cualquier hombre o mujer que pusiese los ojos en ella.

A Cártamo llegó, un día noveno del noveno mes, una amplia y elegante caravana proveniente del norte del continente. Barto Renart, el líder de la villa, salió a recibir a los visitantes enfundado en sus mejores ropas y con la incertidumbre que va de la mano con la llegada de extraños sin invitación previa. Para la sorpresa de Renart, del carruaje principal salió el Conde de Borín, Miles Hammond, que en medio de una procesión a la parte sur de Holbein, conocida como La Herradura, se había detenido en Cártamo buscando comida y asilo por la noche. Renart, honrado de contar con semejante invitado en su villa, de inmediato ordenó se alistaran las mejores habitaciones en su humilde castillo, y comandó la preparación de un festín para la noche, y aunque el Conde se negó a recibir tanta atención, terminó sucumbiendo a los halagos del líder.

Terminado el elegante festín, sin duda el más elaborado que la villa jamás hubiese visto, Renart condujo al Conde y a sus invitados a los sencillos jardines del castillo en donde, les dijo, presenciarían el baile más bello que jamás hubiesen visto. El Conde y sus hombres sonrieron por educación, sin duda tomando las palabras del hombre con incredulidad y preparándose para el tipo de entretenimiento al que estaban acostumbrados en la corte de Holbein. Para su sorpresa, el primer grupo de mujeres disipó sus dudas por completo, al hacer un baile que, de inmediato, los encantó, adentrándolos en el momento y haciéndolos olvidarse de cualquier otra preocupación. El segundo grupo de mujeres performó el blanzón, considerado, en su momento, como el baile más íntimo y seductor, e incluso se dice, invitaron a los hombres del Conde a unírseles, y ellos no perdieron la oportunidad de hacerlo, aun cuando su participación arruinó la calidad del baile.

Para terminar la noche, Elicia Tamas salió, luciendo el típico vestido negro necesario para bailar la Émeca, la danza más compleja y abundante de todas. El Conde y sus hombres quedaron prendados de ella, siguiendo cada paso que daba, cada movimiento y contoneo de su cuerpo con inalterable atención, cual si sus voluntades estuviesen prendadas de las caderas eternas de Elicia. Cuando la mujer terminó el baile, se encontró con una manada de hombres encima de ella, todos peleando por su atención cual si animales hambrientos fuesen. Elicia, incómoda, pidió ayuda a Renart pero el líder, temiendo represalias si iba en contra de la voluntad del Conde, se negó a ayudarla a escapar las inapropiadas atenciones de los hombres.

Por fin, Elicia logró escabullirse y regresó a los aposentos que compartía con el resto de las bailarinas, preparada para descansar y olvidarse de aquel largo y funesto día. No había pasado más de una hora cuando las puertas de los aposentos comenzaron a ser golpeadas con fuerza, los gritos y aullidos del Conde y sus hombres retumbando detrás de ellas, demandando más bailes solo para ellos. Las bailarinas, asustadas, se negaron a abrir las puertas, pero la madera pronto cedió y los hombres entraron a los cuartos, dejando claro que no se irían hasta recibir lo que buscaban; ellas, resignadas, se obligaron a complacerlos. Elicia fue la primera en bailar, lágrimas deslizándose por su rostro al saber que su arte estaba siendo denigrado al complacer a un grupo de hombres que poco interés tenían en el baile. Mientras la noche avanzaba y el vino corría, los hombres comenzaron a olvidar los modales y pronto, sus manos estaban encima de las bailarinas, que por más que lucharon no fueron capaces de repeler la fuerza de bruta de los bárbaros. Elicia fue tomada por el Conde, que cegado por el deseo, la sometió hasta tomar lo que quería de ella, y antes de que cayera el amanecer, él y sus hombres ya habían abandonado los aposentos, sin tener del todo claro los crímenes que habían cometido.

A la salida del sol, el Conde y sus hombres agradecieron a Renart sus atenciones y se dispusieron a marcharse. Antes de que montasen sus caballos, Elicia apareció en la puerta y los invitó a presenciar un último baile antes de su partida. Los hombres, avergonzados por sus acciones de la noche anterior, se negaron, incapaces de siquiera verla a los ojos al hablarle, pero la bailarina y sus caderas terminaron por convencerlos. Elicia los condujo a uno de los salones en el castillo de Renart y cerró la puerta con llave detrás de ella, indicándole al líder que nadie había de acercarse, sin importar lo que llegasen a escuchar. El líder obedeció y permaneció montando guardia en la puerta, mientras el sonido de la música aumentaba, ahogando cualquier ruido que pudiese salir del cuarto. Una, dos, tres horas pasaron y el cuarto continuaba cerrado, y con cada nuevo instante que pasaba, el nerviosismo de Renart aumentaba, sudor empapando su frente a pesar de la ausencia de calor en aquel día. Por fin, desesperado e incapaz de seguir aguantando, Renart derribó la puerta con ayuda de un grupo de soldados y entró al oscuro cuarto.

La música continuaba sonando, pero adentro no había nadie. Ni el Conde ni sus hombres estaban a la vista, ni tampoco Elicia Tamas. El cuarto no tenía puertas más que la que Renart había estado cuidando, tampoco ventanas, ni siquiera una pequeña rendija por la cual escapar. Como si de magia se tratase, el Conde y sus hombres habían desaparecido, y con ellos, la mujer de las caderas eternas, que había dedicado su último baile a un grupo de hombres que no lo merecían. La familia del Conde inició una búsqueda exhaustiva, y por más de cien días investigaron cada rincón de Cártamo, entrando en cada casa, revisando cada rincón, y volteando cada piedra, pero jamás encontraron siquiera un indicio de él. Por fin, después de mucho tiempo y frustración, los Hammond abandonaron Cártamo, maldiciendo a cada uno de sus habitantes y marchándose para jamás regresar.

Desde aquel día, cada noveno del noveno mes se celebra la Danza de la Desaparición en Cártamo, una fiesta en la que se recuerdan aquellos funestos sucesos. Las bailarinas hacen su arte y danzan al ritmo de las melodías más extrañas, para después unirse a los hombres e interpretar un baile en pareja que recrea, de manera inquietante, los sucesos cometidos aquella noche. Para terminar la danza, una vez que el sol ha salido en el décimo día, la mejor bailarina de la villa hace una danza simbólica, representando aquel último baile que la legendaria Elicia Tamas realizó dentro del oscuro cuarto, y los habitantes de Cártamo se maravillan y bailan con ella, terminando así la fiesta.

Y aunque los habitantes de Cártamo afirman que los hombres desaparecieron sin duda, para jamás volver a ser vistos, el destino final de Elicia es mucho más ambiguo. Hay quienes dicen que ella dio propia vida para hacerlos desaparecer; hay otros que dicen que hipnotizó a los hombres con su baile, escapando a través de un túnel en el suelo y manteniéndolos como sus esclavos por el resto de sus vidas. Sin embargo, hay otros que afirman que Elicia se encargó de los hombres y les dio un destino peor a la muerte, para después escapar e iniciar una nueva vida lejos de Cártamo. Susurros de viajeros y piratas hablan de una mujer que, recluida en una cueva en lo profundo de las montañas Plateadas de Blavata, vivía para bailar, recibiendo a cuanto visitante acudiese a su cueva. Las mujeres regresaban felices, renovadas y, sin duda, bailando; los hombres, sin embargo, no regresaban, habiendo encontrado su final entre las caderas eternas de la legendaria Elicia Tamas.