El Faro de Heimon

En la cumbre de la Ruptura, en la próspera isla de Pharos, en el actual reino de Holbein, vivió la familia Wauter, una de las dinastías más longevas y respetadas de la antigua Icea. Encabezada por el legendario Alexandro Wauter, el ambicioso comandante y líder que logró extender el poderío de Holbein más allá de los mares que rodeaban al continente y cuya fama alcanzó cada rincón del mundo, los Wauter fueron, durante más de doscientos años, la familia más rica en toda Icea.

En el año 800 de la Ruptura, cuando la familia Wauter comenzaba a consolidar su control sobre Holbein por medio de las calculadoras campañas de Alexandro, su joven hermano, Heimon fue dejado en la isla de Pharos para establecer una ciudadela en nombre de los Wauter. Heimon, carente de la ardiente ambición que parecía impulsar a su hermano mayor, agradeció no tener que participar en las peligrosas campañas que habrían de darle a su familia su futura riqueza; en cambio, y muy a pesar de los deseos de su familia, el joven prefirió permanecer en Pharos, pues la política y la administración siempre se le habían dado más que la estrategia militar. Rápidamente, Heimon demostró ser un gobernante capaz, logrando darle estabilidad a Pharos en cuestión de años. Para el momento en que Alexandro había logrado establecer asentamientos en los otros tres continentes, consolidando así a los Wauter como los indiscutibles líderes de Holbein, Pharos se había convertido en el sitio idóneo para establecer la capital del reino.

Al igual que con su hermano, los años había sido generosos con Heimon, convirtiéndolo en un hombre seguro y determinado, pero más sentimental de lo usual, y por lo tanto, soltero aún, y sin un heredero, su sitio y control sobre Pharos estaba en peligro. Después de una particular visita de su hermano, en la que se le indicó que debía desposar a una mujer y engendrar un hijo antes de su próximo encuentro, Heimon se decidió a lograr el cometido de una vez por todas. Determinado a no limitar sus opciones a solo las damas de la corte y la aristocracia, una convocatoria se lanzó no solo en Pharos, sino en todas las pequeñas islas aledañas que la rodeaban y le rendían cuentas, y cuanta mujer soltera y en edad fértil acudió al llamado, todas añorando ser la próxima dama de Pharos. Un gran festín fue organizado, y durante ochenta días y ochenta noches, Heimon conoció, se dice, a más de doscientas mujeres, ninguna de las cuales logró despertar en él algo siquiera similar a la pasión.

El día número ochenta y uno, sin más opciones y con una fecha límite impuesta por su hermano, Heimon se encontraba a punto de tomar una decisión, cuando a la puerta de su palacio llamaron, y una hermosa y joven mujer entró, usando unas desgarradas ropas y con un aspecto abatido y miserable. Después de beber un poco de agua, declaró haber sobrevivido el naufragio de su barco, proveniente de Havlón, y haber estado a la deriva por más de diez días, bebiendo agua de mar y comiendo los pocos pescados que lograba atrapar. Heimon se compadeció de ella y de inmediato ordenó se le sirviera una comida en forma y se le dieran ropas dignas. El líder de la isla comió con ella, y pasó toda una semana a su lado, hablando de todo y un poco más. No importaba qué tema se abordara, la muchacha, cuyo nombre se dice era Eve, siempre parecía dominarlo, fuese literatura, geografía, música, danza o historia. Tan fascinado quedó Heimon con ella que, una vez que la semana hubo terminado, su matrimonio ya se había anunciado a todo Pharos.

La celebración fue la más grande que jamás se hubiese visto en Holbein, y la fiesta duró por ocho días con sus noches. Durante su consumación, se dice que la marea subió tanto que las casas en la costa de Pharos despertaron para descubrirse casi dos brazos bajo el agua. Nueve meses después, Heimon y Eve presentaron ante todo Holbein a su heredero, Andros, el Esplendido. Con su lugar como líder de Pharos asegurado y un hijo sano y prácticamente perfecto, Heimon por fin se sentía completo. Todo habría de cambiar, sin embargo, pocos días después, pues una mañana en la que el cielo se teñía de rojo cual si fuese el atardecer, Eve le dijo a su marido que debía marcharse. Entre lagrimas, le confesó ser algo distinto a lo que él pensaba y afirmó no poder permanecer a su lado un solo día más, pues su cometido estaba cumplido: Pharos tenía ahora un heredero que habría de lograr lo que nadie antes. “Mi energía está ahora en tu familia, vida mía. Es momento de partir”. Antes de que terminara el día, Eve se había marchado de la isla, sin que nadie pudiese detenerla.

Heimon se hundió en la tristeza, incapaz de comprender las razones de su amada para marcharse y abandonarle a él y a su hijo, casi un recién nacido. Por muchos días, el hombre se encerró en su palacio y no aceptó visitas, ni personales ni políticas, dejando el poder de la isla en su consejero, Philas, que hizo su mejor trabajo para mantener la paz y prosperidad. Por fin, una mañana del cuarto mes, Heimon salió de su palacio con una amplia sonrisa en el rostro, alegando que había sido visitado por Eve en sueños y que ahora sabía qué hacer para volverla a ver. Aquella misma tarde mandó traer toneladas de la resistente piedra rosada que abundaba en las costas de Holbein y comenzó la construcción de un faro, tan alto que pudiese tocar el cielo, y tan vistoso que pudiese ser visto desde cualquier parte de Holbein. La construcción del faro duró menos de un año y se dice que cada persona de Pharos y las islas aledañas trabajaron en ella, incluyendo el mismo Heimon.

Cuando el faro estuvo terminado, Heimon mandó poner una estatua de más de treinta brazos en la cima, arriba de la llamada Flama Eterna, aquella que debía arder día y noche, guiando a los viajeros hacia Pharos. La estatua, hecha de oro puro y pesando lo que diez hombres, representaba a Eve, enfundada en los mismos ropajes rotos con los que había llegado, y con un par de alas, las mismas con las que Heimon aseguraba había llegado y huido de la isla. Con el faro terminado, el rey aceptó a la melancolía como su eterna acompañante, pero se rehusó a volver al sufrimiento y volvió a sus labores de siempre, llevando a Pharos a la cima de la riqueza. Y todas las noches, antes de marcharse a sus aposentos, el rey subía los dos mil escalones hasta la cima del faro hasta llegar a la Flama, desde donde contemplaba al mar, confiado en que algún día su Eve habría de volver, guiada por la Flama Eterna que habría de llevarla a Pharos una vez más.

Su hijo, Andros, se crió bajo la sombra y protección del faro; educado por el sabio Phasmoras, Andros creció para convertirse en el Esplendido, aquel que lograría convertir a Pharos en la mayor economía de su tiempo, mediante el comercio y el desarrollo de la artesanía y la ciencia. Considerado el mayor conquistador de la Ruptura, Andros superó los logros de su tío Alexandro, y logró controlar los cinco mares con su poderosa y masiva flotilla, la Adrosina. Los hombres de la época lo consideraban casi un dios, un descendiente directo de Kelkán, y en Pharos se le rendía un culto que iba más allá de la devoción. Actualmente, basándonos en los escritos y descripciones de sus logros y hazañas, podemos concluir que Andros fue uno de los primeros Anargáutas, y el primer gran guerrero Anargáutico en toda Icea.

Heimon vivió durante cincuenta años más después de la construcción del faro. Eternamente fiel a su enamorada, jamás se volvió a casar y jamás mostró interés por nadie más. Cada año, en el aniversario de su muerte, la isla de Pharos, que actualmente no es lo que fue durante la Ruptura, pero que permanece un puerto importante para la economía de Holbein, celebra la Heimena, un festival en el que se celebra el amor y la fertilidad. Miles de viajeros de toda Icea viajan a la isla en el séptimo mes para participar en las celebraciones que, igual que la boda de Heimon y Eve, dura ocho días con sus noches. Y se dice que, en la octava noche, justo antes de que el festival termine, cuando todos los participantes están sumergidos en el alcohol y la pasión, una sombra femenina atraviesa la isla y sube los dos mil escalones del Faro de Heimon hasta llegar a la Flama Eterna, desde donde contempla el mar para desaparecer antes del amanecer. Es Eve, que regresa a la isla para deleitarse con el faro que su esposo le construyó y que representa el amor que, al igual que la flama, arderá eternamente, aun después de que no haya hombres en Icea.

Extracto de “Las Maravillas de la Icea Antigua”, por Rodas Mellakos