Los Jardines de Amalone, entre el olvido y la magia

El castillo de Emblin, aquel que se irgue sobre la colina del Seri, en el corazón de Holbein, y que actualmente es propiedad de la infame familia Rulf, ha sido protagonista de muchos sucesos en la historia de Icea. Sangrientas y devastadoras batallas han tenido lugar dentro de sus altas y pesadas murallas de piedra, innumerables traiciones se han cometido en los huecos salones que han visto pasar mil y un personas, y los días han transcurrido, incapaces de traer abajo la monstruosa estructura, tan alta que parece rozar el mismo cielo. Sin embargo, son los jardines que alguna vez inyectaron al castillo con un aura de misterio y opulencia, y que se perdieron en algún punto del tiempo, los que le han dado a la estructura su estatus legendario.

Construido durante el cenit de la Ruptura, Emblin fue comisionado por Ansell Pierrott como regalo a su joven esposa, Amalone Ferand, con el propósito de incrementar su amor hacia él. La verdad era que ningún gesto, no importaba que tan grande, podía hacer Amalone amase a Ansell, un hombre lo suficientemente mayor para ser su abuelo, pero sí podía, al menos, hacer de su matrimonio una experiencia más tolerable. Fue así que, durante cuarenta días y cuarenta noches, ocho mil trabajadores construyeron los opulentos jardines, laborando sin descanso para cumplir con el plazo indicado. Ansell Pierrott mandó traer exóticas plantas y flores del resto de los continentes, sin escatimar en rublos, ni preocuparse por nada que no fuese la felicidad de su mujer. Y mientras tanto, ella observaba como, poco a poco, su castillo pasaba, de ser frío, gris y solitario, a ser cálido, lleno de vida y color.

Por fin, una vez cumplido el plazo, los jardines estuvieron listos. Tan extensos como una ciudadela entera, se dice que dentro de ellos podían vivir al menos mil personas. Los jardines eran una maravilla de la arquitectura: formados por varios niveles, cada uno más estrecho que el anterior, parecían más un gran templo escalonado que un simple jardín. Cada nivel estaba dedicado a un color distinto, con flores, árboles, plantas y decoraciones alusivas al mismo, y desde lejos se decía que parecían el mismo arco iris en la tierra. La presencia de nuevas flores, árboles y frutos trajo consigo a una amplia y variada manada de animales, que encontraron su hogar dentro de los jardines, y pronto había tanta vida dentro de ellos, como dentro de las paredes del propio Emblin.

Aunque los jardines fueron todo un éxito, y Ansell se convirtió en la envidia de toda Icea, con un castillo considerado el más bello del mundo entero gracias a ellos, su matrimonio no corrió con la misma fortuna, pues en los jardines que fueron un regalo de amor hacia ella, Amalone encontró no solo consuelo, sino también un escape de su realidad, la cual le parecía cada vez más difícil de afrontar. Con cada nuevo día que pasaba, Amalone se internaba más y más en los jardines, perdiéndose entre ellos, descubriendo algo nuevo a cada momento. Se familiarizó con los animales, que comenzaron a seguirla a cada momento, y aprendió como cuidar de las plantas, como avivarlas cuando marchitaban e, incluso, cómo crearlas de la nada usando las semillas y hojas de otras. Pronto, se percató de que el jardín era un ser vivo, que crecía día con día, pero las murallas de Emblin le impedirían alcanzar su verdadero potencial. Supo entonces que debía encontrar una manera de liberar al jardín, y con él, tal vez liberarse a sí misma.

Fue así que, un día como cualquier otro, al caer de la noche, Amalone no regresó al castillo. Consternado, Ansell envió a todos los criados a buscar en los jardines, pero ninguno de ellos logró encontrarla, probablemente porque, se dice, no cubrieron ni la mitad de la extensión de ellos. Al llegar la mañana, Ansell y un grupo de sus caballeros se adentraron en los jardines, determinados a encontrar a Amalone y regresarla al castillo, por la fuerza de ser necesario. Pasaron tres días enteros en las profundidades de aquella hermosa floresta, pero salieron con las manos vacías. No había rastro alguno de la señora del castillo.

Conforme pasaban los días, Ansell Pierrott era consumido por la desesperación. Sus consejeros y caballeros intentaban tranquilizarlo sin éxito, mientras el señor del castillo se adentraba más y más en su propia locura. Determinado a encontrar a su mujer, mandó cerrar la puerta del castillo con firmeza, pues, se dijo, si nadie podía entrar, nadie podía salir tampoco. Un año enteró pasó Emblin cerrado, sin que una sola alma tuviese contacto con el mundo exterior. Durante ese tiempo, Ansell se adentraba en los jardines cada día, y cada día le parecía que la extensión de los mismos había aumentado desde el día anterior. Por fin, una noche, hundido en la miseria y al borde del colapso, Ansell actuó sin pensar: tomando una antorcha, se adentró en los jardines y prendió fuego a ellos. Las llamas eran tan altas, que se dice podían verse desde cada punto del mundo, no importaba que tan lejos o cerca se estuviese de Emblin, y pronto cubrieron el cielo entero, sumergiendo la negra noche en una escala de grises. Los jardines fueron rápidamente consumidos por las llamas, que ardieron durante toda la noche sin parar. Los animales huyeron de inmediato de su hogar ardiente, pero solo Manel sabrá cuántos lograron escapar de las llamas, y cuántos perecieron en ellas.

Al llegar la mañana, Ansell Pierrott enfrentó las consecuencias de sus decisiones. Emergiendo de su castillo, como si acabase de despertar de un largo y terrible sueño, el señor de Emblin se encontró totalmente solo en la inmensidad. El humo cubría todo el aire, las cenizas volaban a su alrededor, y no se escuchaba otro ruido más que el crujir de las ramas muertas. Pronto, Ansell se percató de que efectivamente estaba solo y, desesperado, comenzó a correr por los pasillos de su castillo, gritando en busca de sus hombres, pero no recibió respuesta. Por fin, salió a los escombros en donde alguna vez estuvieron los jardines y su corazón se detuvo en seco; ahí, donde alguna vez había estado un baile de vida y colores, se encontraban los cadáveres calcinados de todo hombre y mujer que había habitado Emblin.

Ansell Pierrott lanzó un grito de horror al percatarse de que las llamas, sus llamas, habían acabado con toda la vida de castillo, y comenzó a sollozar, gritando a los aires y demandando una razón para tal desgracia. Tal vez, se dijo, los habitantes habían intentando apagar las llamas sin éxito. Tal vez intentaron rescatar a los animales, tal vez simplemente los alcanzó la furia del fuego. Tantas preguntas que nadie podría responder, pues no había nadie para hacerlo. Aturdido y conmocionado, el señor de Emblin abrió por fin las puertas de las murallas y se enfrentó al mundo exterior por primera vez en un año. Frente a él no estaba el mismo panorama que había visto por última vez antes de cerrar las puertas. La tierra ya no era árida, el viento ya no era seco y la vida ya no estaba ausente. No, ahora todo era luz, color y vigor. Como si sus jardines hubiesen abandonado Emblin para salir la colina del Seri, a su alrededor se le presentaba una danza de tonalidades que se extendía más allá de la vista, como si la vida que antes había estado detrás de las murallas, hubiese sido transportada por el humo de las llamas de la noche anterior, para asentarse en la colina sobre la que reposaba el castillo.

El atormentado señor de Emblin, más abatido que confundido, cerró las puertas de Emblin y, comprendiendo que solo quedaba algo por hacer, se inmoló en el centro de su amplio patio, sin emitir un solo ruido mientras las llamas consumían su piel. Y el castillo permaneció cerrado por casi quinientos años más, pues nadie se atrevía a entrar en él. Cuando por fin se abrieron sus puertas, una vez que la familia Rulf lo adquirió al inicio de la Post-Ruptura, se dice que las cenizas del gran incendio aun volaban por el patio, y los cadáveres aun permanecían, imperturbables por el tiempo. Y aunque desde ese entonces se han echo grandes esfuerzos para llevar al castillo a lo que alguna vez fue, todos han sido en vano, pues nada puede crecer en las tierras dentro de Emblin, nada puede florecer, ningún animal puede vivir ahí, y sus habitantes dicen que el estar dentro de las murallas es como estar dentro de un horno, con ardientes llamas que pareciesen consumir sus expuestas pieles.

En cuanto a la extensa colina del Seri, que alguna vez fue un territorio seco y desértico, es ahora una tierra llena de vida, la más fértil y noble de toda Icea. Llena de plantas, árboles, flores e incluso un serpenteante río, la colina parece más una selva que un simple altozano. Sus flores y plantas son las más coloridas y deslumbrantes, sus frutos los más dulces y sus animales los más exóticos y misteriosos, aquellos que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo, pues son aquellos a los que las llamas transformaron para siempre. Tan viva es, que es muy sencillo perderse en ella, y aquellos que se han encontrado deambulando por la colina en las noches, extraviados en rumbo a Zyanya, una de las ciudades principales del actual reino de Holbein, afirman que un suave canto se escucha desde la lejanía, y una dulce voz los tranquiliza y les indica el camino para salir.

Algunos incluso afirman haber visto a una joven mujer vestida de blanco, rodeada de animales y que parece flotar más que caminar, que deambula entre las plantas, rozándolas con su gentil toque y avivándolas con su canto. Y se dice que Amalone permanecerá ahí por siempre, libre al fin en su nuevo jardín que, para florecer, tuvo que arder primero, pues nada puede prosperar entre murallas, e incluso la flor más bella se marchita si no se le da lugar para respirar.

Extracto de “Castillos de Icea”, por Gwaine Rowan