En honor a Cersei Lannister, el personaje más complejo de “Game of Thrones”

El mundo de “Game of Thrones” es uno imperdonable y cruel: hombres que matan escudándose en el honor, hombres que mueren por causas que no entienden del todo, padres que odian a sus hijos, hijos que ven morir a sus padres. La rueda gira y gira, aplastando todo lo que tiene debajo, incluso a los que alguna vez estuvieron arriba. En un mundo de grises, en el que no hay ni blanco ni negro, Cersei Lannister, la leona de la Casa Lannister que, al final, rugió más fuerte que todos, solo para descubrir que un rugido no hace al león rey, representaba el más plomizo dentro de la escala. Antes de comenzar esta pieza, es importante notar que la Cersei de los libros es muy distinta a la Cersei de la serie de televisión, y es esta segunda de la que hablaremos hoy.

Magistralmente interpretada por Lena Headey durante ocho años, Cersei comienza la serie como la reina regente de Westeros. Infelizmente casada con Robert Baratheon, el gordo y alcohólico rey al que ni quiere ni respeta, Cersei es la hermana gemela del Matarreyes, Jaime Lannister, con el que comparte una infame relación incestuosa que ha dejado como producto a tres rubios hijos, mismos que ella ha hecho pasar como hijos de Robert, y por los cuales, de ser necesario, quemaría al mundo entero. Cersei es una mujer cuya vida ha sido dominada, casi en su totalidad, por la amargura, y cuyo único consuelo recae en su amor obsesivo por sus hijos, y en la pasión prohibida que comparte con su hermano. Fuera de estas cuatro personas, que son su todo y su principal razón para vivir, Cersei odia al resto del mundo: desprecia a sus súbditos, a los que considera miserables y corrientes; le tiene desconfianza y aversión al resto de las nobles familias de Westeros, pues sabe que todos y cada uno de ellos no tendría reparo en conspirar en su contra y hurtar su poder; teme a su padre, al que también le guarda rencor por los tratos que tiene con ella, y sobre todo, aborrece a su hermano menor, el enano Tyrion, por culparlo de la muerte de su madre, que murió dándolo a luz.

Sobre todo, se podría decir que Cersei tiene un poco de odio hacia ella misma. Mucho se ha dicho acerca del personaje, y la mayoría de los análisis la califican de narcisista: su intenso amor hacia su hermano y sus hijos se debe a que los ve como extensiones de ella, y por ende, parte de si misma. Sin embargo, me atrevo a decir que Cersei en realidad vive con cierto grado de odio por sí misma, pues resiente el rol que, como mujer, debe desempeñar en la sociedad Westerosi, casi tanto como odia el saber que, no importa el tamaño de la corona en su cabeza, ningún hombre la verá jamás como una igual. Durante el ataque de Stannis Baratheon a King’s Landing, en el final de la segunda temporada, Cersei famosamente le dice a Sansa Stark, mientras ambas están encerradas en el Torreón de Maegor junto con el resto de las damas nobles y los niños: “Debí haber nacido hombre. Preferiría enfrentar mil espadas, a estar encerrada con esta manada de gallinas asustadas”. Cersei odia ser mujer por el simple hecho de que la sociedad de Westeros es machista y misógina, y aun siendo la reina, y por ende la mujer con más poder en el reino, su vida sigue sujeta a la voluntad de los hombres que la rodean.

Es aquí donde podemos entender su obsesivo y prohibido amor hacia su hermano gemelo. En algún punto de la serie, Cersei afirma que cuando eran niños, Jaime y ella eran tan parecidos que su propio padre tenía problemas para distinguirlos. Al llegar a su adultez, de alguna manera, al ver a Jaime, Cersei se veía a si misma, y en un momento en el que comenzaba a perder el control de su vida y sus decisiones, el sentirse en control de Jaime era como sentirse en control de si misma, y el poseer el cuerpo de Jaime era poseer su propio cuerpo. Fue ella quien convenció a su hermano de enlistarse en la Guardia del Rey, a sabiendas de que eso significaría renunciar a todo título y oportunidad de casarse, y por lo tanto, engendrar un heredero. No fue solo por celos, ni por un deseo de evitar que Jaime amara a alguna otra mujer que no fuese ella, o al menos no solo por eso; no, detrás de esa acción estaba el deseo de decidir, y el conocimiento de que fue ella quien determinó el futuro de alguien que, si bien no era ella, al menos era lo más cercano que se podía.

Con esta acción, Cersei los condena a ambos, pues Jaime jamás podría llegar a ser lo que ella misma quería ser: el formar parte de la Guardia Real lo convertía en, básicamente y como su padre, Tywin, lo dice alguna vez, un guardaespaldas glorificado, y por ende, un receptáculo incorrecto para sus ambiciones. Cuando niña, Cersei ambiciona el trono, mismo que piensa obtener por medio del matrimonio; cuando crece, sin embargo, se percata de que ser la reina no es lo que esperaba, y si bien tiene poder, es el mismo que ha tenido toda la vida por ser una Lannister, pero jamás será el que tendría de sentarse en el Trono de Hierro. Por lo tanto, Joffrey, su hijo mayor y heredero al trono de Westeros, se convierte en su principal inclinación, aun cuando sabe que es una verdadera bestia, propensa a la crueldad y con capacidad nula para gobernar. Cersei se ve a si misma como la principal aliada de su hijo, no solo por ser su madre, ni por ser una Lannister, sino por ser la que mejor lo conoce y entiende, por ser literalmente una parte de él, y aunque en repetidas ocasiones Joffrey le deja claro que no tiene uso ni para sus consejos, ni para su amor, Cersei permanece a su lado incondicionalmente.

La paranoia siempre había sido un rasgo característico de Cersei. Como alguien que había sido entrenada para ser la futura reina de Westeros desde la infancia, se le había enseñado a desconfiar de todos por costumbre, cosa que solo empeora al llegar su adultez y comenzar a jugar al juego de tronos. Sin embargo, es un episodio de su niñez tardía el que la marca de por vida: la vidente Maggy le augura un futuro ambiguo a Cersei, diciéndole que engendrará a tres hijos, los cuales morirán; al preguntar si llegará a ser reina, Maggy lo confirma: “Sí, serás reina, por un tiempo. Luego llega otra, más joven y más bella, que te hará a un lado y te quitará todo lo que más aprecias”. Cersei guarda este conocimiento en lo más profundo de su ser, dejándolo crecer con los años, envenenándola lentamente. La profecía es la razón de su odio hacia Sansa Stark, la alguna vez prometida de Joffrey, y sobre todo, hacia Margaery Tyrell. La llegada de Margaery a King’s Landing es un punto decisivo en la vida de Cersei; aunque Sansa bien podía representar a la reina más joven y bella que la haría a un lado, Cersei jamás la consideró una verdadera amenaza, sino más bien una molesta inconveniencia. Margaery, por el contrario, era todo lo que Cersei temía, una verdadera enemiga que sabía jugar tan bien como ella, y que representaba la amenaza más latente por el control de Joffrey.

El odio toma control absoluto de Cersei una vez que Joffrey es asesinado durante su boda con Margaery. El perder a su primogénito le da realidad a la profecía; no es que Cersei hubiese dudado de ella, pero el ver a su hijo muerto le hace saber que su caída ha comenzado. A partir de ese momento, Cersei pierde los pocos escrúpulos que le quedaban, en su destructivo afán por proteger a su hijo menor y nuevo heredero al trono, Tommen. Su odio hacia Margaery se intensifica, orillándola a cometer error tras error, desencadenando un torrente de acciones que provocan el ascenso de la Fe Militante dentro de King’s Landing, y que culminan en su arresto, juicio y eventual penitencia. El paseo de la vergüenza de Cersei, en el que es forzada a atravesar la ciudad desnuda es el punto sin retorno para el personaje. La traumática experiencia la hace perder todo sentido de furtividad. Mientras que la Cersei de antes jugaba al juego de tronos desde las sombras, de manera secreta y con discreción, la mujer que sale del paseo de la vergüenza, en sus propias palabras, decide escoger la violencia. Su odio absoluto por la Fe de los Siete y la familia Tyrell la lleva a cometer el que es, sin duda alguna, su acto más terrible: la explosión del Gran Septo de Baelor en el final de la sexta temporada. La muerte de Margaery, que se encontraba en el Septo junto con su padre y hermano, orilla a Tommen al suicidio, y Cersei se encuentra enterrando a su segundo hijo.

La pérdida de su familia, incluyendo a su segunda hija, Myrcella, que muere a manos de las Serpientes de Arena de Dorne en el final de la quinta temporada, hacen de Cersei una mujer insensible al dolor. La muerte de sus hijos, esposo y cuñados la dejan como la legítima heredera al Trono de Hierro, convirtiéndola en la primera reina de la Casa de Lannister, pero la mujer que asciende al trono es una cáscara vacía, no más que un caparazón que esconde a una mujer que ha perdido todo menos el odio que ahora la domina por completo. De alguna manera, Cersei alcanza su objetivo de poder y control absoluto; sin embargo, lo logra a expensas de las muertes de sus hijos y su eventual distanciamiento con Jaime. La ironía de saberse en la posición ideal para proteger a su familia, solo para descubrir que no le queda familia alguna para proteger, no es ignorada por ella, y una vez que Daenerys Targaryen desembarca en Westeros con su armada de hombres y dragones, Cersei está decidida a entregarse a sus instintos más bajos y jugar una última partida en el juego.

Aunque jamás fue una brillante mente política, y más de una vez demostró que sus decisiones eran más impulsadas por el sentimiento que por la razón, Cersei fue un contrincante admirable para todo aquel que la enfrentó. Los Tyrell la subestimaron y eso significó su muerte; Ned Stark confió demasiado en el honor, y eso le costó la cabeza; incluso Tyrion confió en que Cersei entendería que la verdadera amenaza era el ejercito de los muertos, solo para descubrir que su hermana no tenía ojos para algo más que no fuera el Trono de Hierro, el símbolo absoluto de poder y control dentro de un reino carente de ambos. Y es que al final, está claro que Cersei vivió toda su vida con un firme conocimiento, inamovible y absoluto: sería reina por un tiempo y después llegaría otra, más joven y bella, que la haría a un lado y le quitaría todo lo que más apreciaba.

En pocas palabras, Cersei vivió su vida sabiendo que tanto ella como sus hijos morirían, y pasó cada día intentando evitarlo. Con cada nueva acción que cometía, las líneas entre lo bueno y lo malo, lo apropiado y lo inadecuado, lo correcto y lo incorrecto se borraban, dando paso a un estado de ausencia de límites en el que nada estaba fuera de la mesa, nada era muy extremo o muy dañino si significaba evitar el destino. Y es precisamente esto lo que la hace, ante los ojos de la audiencia, una villana. Más allá de sus actos asesinos y su odio desmesurado, Cersei abandona todos sus rasgos empáticos, los cuales se ligaban directamente con sus hijos, y se entrega a sus más bajos deseos, impulsada únicamente por el rencor y la venganza. Mientras otros personajes utilizan sus experiencias como motor de crecimiento, Cersei se niega a avanzar y se planta firmemente en sus convicciones e intereses, negándose la oportunidad de crecimiento y sellando así su destino final. Y aunque el rol de villano principal de la serie bien podría pertenecerle a Daenerys Targaryen, es Cersei quien representó la mayor amenaza para la mayoría de los personajes durante el trascurso de la serie, y es ella quien, al final, dejo una huella imborrable, no solo en la historia de Westeros, sino en las mentes de todos los fanáticos de la serie. Larga vida a la reina.