La Andariega

En Icea, se dice, solo tres cosas son absolutamente ciertas: la primera es que la energía no se crea ni se destruye, únicamente se transforma; la segunda es que jamás se le debe prestar dinero a un miembro de la Casa de York; y la tercera es que la Andariega dejará de buscar solo cuando no haya más estrellas que contar.

En los tempranos días de la Post-Ruptura, cuando el mundo apenas comenzaba el lento proceso de reconstrucción, en el novel reino de Holbein vivió una joven muchacha que trabajaba los campos. Su nombre, al no pertenecer a ninguna casa noble, se ha perdido con el tiempo y de lengua en lengua se le ha apodado La Andariega; su historia, de tristeza y decepción, se ha inmortalizado ya, representando a todos aquellos que han sufrido la perversidad de ver a su amor arrebatado. Andariega era joven, bella e impetuosa y trabajaba la tierra a las afueras de Hutchin, el castillo de la antaña familia de Oggery. La aldea aledaña la conocía por su jovial disposición, por su frágil figura, pero sobre todo, por su hermosa voz que se podía escuchar todas las mañanas a la salida del sol. La joven vivía de lo que cosechaba, y poco más necesitaba; por las mañanas, atendía su cosecha, labraba la tierra y alimentaba a sus animales; por las noches, acudía a la taberna local y entretenía a los humildes asistentes con su hermosa voz, regalo mismo del más grande de los dioses, se decía.

Hasta el castillo de la familia Oggery llegó la noticia de la bella joven con la hermosa voz y el patriarca, Stephen, ordenó que la muchacha fuese llevada hasta Hutchin, en donde entretendría a la familia y a sus invitados con su instrumento vocal. Andariega recibió la noticia con desconfianza, pues sabía bien que nadie hacía nada por desinterés, mucho menos un noble, y mucho menos un Oggery. Aun así, sabiendo que poco podía hacer, pues negarse a presentarse hubiese representado una muerte segura, Andariega se vistió con sus mejores ropas y, resignada, se presentó en Hutchin, deseando terminar con aquel nefasto asunto cuanto antes. Stephen Oggery y su mujer, Ascilia, la recibieron con cinismo, ambos deseando comprobar que la voz de la muchacha no era nada espectacular. Andariega los saludó cortésmente y, después de las reverencias acostumbradas, les dio una única advertencia, antes de comenzar su canto: ninguno de los asistentes debía acercarse a ella, ni intentar sobrepasarse de ninguna manera, pues de hacerlo, la velada terminaría en las peores condiciones. Los nobles esposos lo consideraron una amenaza y reaccionaron con hostilidad; sin embargo, ella les aseguró que tan solo se trataba de una medida cautelar. Dicho eso, penetró en el gran salón y se dispuso a comenzar su canto.

La voz de Andariega encantó a todos los presentes, hombres y mujeres por igual. Cada uno de ellos pareció caer en un hechizo, incapaces de resistir a la hermosa voz de la joven y los Oggery insistieron en que Andariega volviera cada noche para continuar cantándoles. La joven acató la petición, no por su interés en obedecer a los Oggery, sino por una razón más inocente. Entre su audiencia aquella primera noche, los ojos de ella se cruzaron con los de un joven y esa fue su maldición. La historia ha olvidado el nombre del joven también, y las lenguas le han dado el nombre de Errante. Se dice que era el príncipe de un lejano reino, que se encontraba hospedado con los Oggery en su camino hacia Havlón, y que únicamente debía pasar una sola noche en Hutchin. Sin embargo, después de escuchar a Andariega cantar, Errante supo que era ahí donde debía estar. Y fue así que comenzó su cortejo: Andariega regresaba cada noche a Hutchin para cantar, y Errante cada noche se acercaba más y más a la muchacha, avanzando por el enorme salón un paso con cada nueva luna, hasta el momento en que quedó tan cerca de ella que lo único que los separaba el uno del otro era el decoro.

Una noche, la penúltima en la que Andariega cantaría en Hutchin, Errante no pudo más. Ignorando la indicación que el matrimonio Oggery le había dado, Errante esperó hasta que Andariega terminara su canto, y sin más, se acercó a ella. “Hola”, dijo él, presentándose. “Hola”, respondió ella, correspondiéndole. Ambos permanecieron ahí, observándose el uno al otro, y su amor no necesitó más palabras para consagrarse. Pronto, los Oggery comprenderían la razón de la advertencia de Andariega, pues ella no acudió al castillo la siguiente noche, ni la siguiente, ni la siguiente. La familia, desesperada por escuchar la voz de la muchacha, envió soldados hasta la humilde morada de la joven, solo para recibir malas noticias a su regreso: Andariega había perdido su hermosa voz y por lo tanto, era incapaz de volver a cantar. Los Oggery, enloquecidos de rabia y sumergidos en el tipo de capricho que solo ataca a los nobles, culparon a Errante por la pérdida de aquel tesoro y ordenaron su arresto, anunciando también su condena de muerte por robo. Andariega, en llanto y desesperación, acudió a Hutchin rogando por la liberación de su amado, prometiendo que, de verlo libre, concedería a los Oggery el regalo de su voz una vez más. La familia aceptó el trato y, bajo el manto de la noche, ordenó que condujeran a Errante hasta un barco que zarpó al momento, con un destino desconocido, para nunca más volver a ser visto. Antes de partir, Errante se despidió con un beso de su Andariega. “Llámame”, le dijo él a ella con su último aliento, “y yo habré de encontrarte”.

La noche siguiente, Andariega cumplió su promesa y acudió a Hutchin, donde fue recibida con un estruendoso aplauso. La muchacha dio unas palabras de agradecimiento a los asistentes y comenzó su canción, la más triste que cualquiera de los presentes hubiese escuchado. Su interpretación, se dice, duró la noche entera, y una vez que el sol salió, Andariega se despidió con una promesa final. “Todos ustedes han gozado el regalo de mi voz sin merecerlo. A partir de hoy, no volverán a escucharme, ni a mí, ni a nadie”. Diciendo esto, abandonó Hutchin, dejando sordos a lo más de cincuenta asistentes que la habían escuchado en aquella última ocasión, incluyendo a cada miembro de la familia Oggery. Orillados a la demencia por la repentina pérdida de su oídio, los Oggery se encerraron en Hutchin y jamás volvieron a salir; la familia sobreviviría tan solo unos años más, pues después de ser abandonados por cada sirviente que alguna vez les sirvió, dejaron de recibir comida y bebida y murieron de hambre dentro de las murallas de su suntuoso castillo. Hutchin permanecería sin dueño por doscientos años, antes de que por fin fuese comprado por la familia Molde, que afirma, incluso hoy, que por las noches reina un silencio tan sepulcral y absoluto que temen haber perdido el oído también.

Andariega, por su parte, abandonó su humilde casa y comenzó su andar, en busca del amor perdido de Errante. Y se dice que aun en nuestros días, Andariega continúa su interminable camino, recorriendo cada rincón de Icea, esperando que los aires arrastren su triste canto hasta el momento en que su Errante lo escuche y vuelva a ella, para así terminar la canción que comenzaron en las noches que compartieron su amor.

Extracto de “Voces y leyendas de la antigua Icea”, por Biby Emelyn