Los amantes del Círculo de Carac

En la antaña era de la Pre-Ruptura, cuando Icea no era más que un grupo de reinos pequeños en perpetua lucha el uno con el otro, existieron dos amantes, cuyo amor prohibido desafiaría el orden impuesto y la convención establecida, y traería consigo el inicio del fin de aquella arcaica era. Los legendarios Amantes del Círculo de Carnac, cuya historia ha sobrevivido hasta nuestros días, han sido protagonistas de escritos, libros, cantos, obras, pinturas, esculturas y demás expresiones artísticas que pretenden inmortalizar aquel amor que significó la ruina de unos reinos y el ascenso de otros que dominarían durante el esplendor de la Ruptura.

Ema Oriel, princesa del reino de Engerramet, estaba comprometida con Roger Goin, príncipe heredero del poderoso reino de Hunfrey, prácticamente desde su nacimiento. Bella, impetuosa y más curiosa de lo permitido, Ema pasaba los días cabalgando a través de su pequeño pero orgulloso reino, mismo que se encontraba en el actual territorio Triquerrense, y que era separado de su reino vecino y principal aliado, Normand, por un espeso bosque de altos y rojos árboles. La princesa, aunque no de mal ver en lo absoluto, era más conocida por su aspecto descuidado, resultado de sus constantes aventuras en el bosque, que por su atractivo como prospecto envidiable, y no era ningún secreto que Roger Goin había, en más de una ocasión, intentado zafarse del compromiso. Pero el futuro matrimonio era una unión que convenía a ambos reinos: para Engerramet, el estar bajo la protección de las Puntas de Sangre, el poderoso ejercito de Hunfrey, significaría la oportunidad de expandir el reino hacia el norte, territorio que, en ese entonces, ocupaba la familia Benger, sin pertenecer a ningún reino; para Hunfrey, que se encontraba en el actual territorio Blavatense, significaba extender su influencia a través del ahora Mar de Manel, llevando consigo su cultura y la religión que desesperadamente querían imponer, el Culto a Quelkán.

Ambos reinos, entonces, estaban llevando a cabo un contrato a través de sus hijos, lo cual no era, ni es en la actualidad algo extraño, pero las cosas habrían de complicarse más de la cuenta. Cuando Roger Goin llegó a las costas de Engerramet, acompañado de su escolta particular, la Sangre de Goin, un grupo de los ocho mejores guerreros de Hunfrey que gozaban de la entera confianza de su futuro rey, se presentó ante él su futura esposa, ataviada con las mejores sedas, cubierta de pies a cabeza en deslumbrantes joyas y con una sincera pero resignada sonrisa de conformidad hacia el destino que a ambos les esperaba. El príncipe heredero de Hunfrey quedó plácidamente sorprendido con su prometida, pero no fue el único cautivado por la joven Ema. Alfan Ouen, uno de las más recientes adiciones a la Sangre de Goin, que rápidamente se había convertido en amigo y confidente de Roger, y que era reconocido por su pericia con la espada, cruzó miradas con la princesa y en ese momento sellaron su destino y cambiaron el futuro del resto del mundo.

Las celebraciones antes de la boda duraron por treinta días y treinta noches; de mutuo acuerdo se declaró que la unión se realizaría bajo el Culto a Quelkán, y los alarmados habitantes de Engerramet, vírgenes ante las extremas costumbres del Culto, se vieron forzados e enfrentar una serie de fiestas de luz, color y, se dice, incluso sangre en honor a Quelkán. Tan distraídos estaban todos los partícipes, incluyendo al mismo Roger, que si bien jamás había sido fanático del Culto a Quelkán, sí lo rendía, más por fuerza que por gusto, con el despliegue de fe frente a ellos, que nadie se percató del sentimiento que comenzaba a florecer entre la princesa Ema y el guerrero Alfan. Entre ambos jóvenes nació una pasión sin igual, un amor que pudo haber rivalizado aquellas pasiones que los dioses antiguos vivieron para crear Icea. Los jóvenes se entregaron su virtud y juntos vivieron todo lo que se puede vivir en treinta días con sus noches. Luego, la noche antes de la boda, se dijeron un beso final y se dispusieron a despedirse por siempre. Pues ambos sabían que la unión del día siguiente no se podría romper de ninguna forma, y que el intentar hacerlo significaría la muerte para él, y la más cruel de las condenas para ella.

La mañana llegó y ella, ataviada en su largo y opulento vestido blanco, luchó contra las lágrimas que, desesperadas, morían por derramarse y caer sobre su rostro. Él, usando la armadura azul y la capa del más intenso de los rojos que denotaban su lugar como miembro de la Sangre de Goin, se dispuso a ocupar su lugar entre la escolta, resignado ante las crueles decisiones del destino. Sin embargo, en ese preciso momento y como si viniese del mismo cielo, una voz les habló a ambos amantes. “Luchen”, les imploró la voz, casi en un susurro, “luchen por su amor. Luchen contra todo y contra todos. No teman, que yo habré de auxiliarlos.” Los jóvenes dudaron y por sus mentes cruzaron todo tipo de consecuencias que caerían sobre ellos si se atrevían a actuar. Aun así, y con todo lo que sabían, la voz les suplicó una vez más y ambos se decidieron. El joven guerrero subió hasta los aposentos de la futura novia y la tomó de la mano, derrumbando a cuanto hombre se le pusiera en frente. Después, ambos se hicieron hasta el bosque de altos árboles rojos y se internaron en él, desapareciendo entre el tupido follaje.

La ira de Roger Goin no tenía límites y no mostró piedad ante los habitantes de Engerramet. Mandó a cien hombres de su ejercito a formar una muralla humana afuera de las puertas del reino, impidiendo la entrada y salida del mismo, efectivamente convirtiendo en prisioneros a cuanto hombre y mujer morara dentro de él. Después, mandó traer al resto de las Puntas de Sangre, que cruzaron el mar con la intención de conquistar no solo Engerramet, sino también Normand y el territorio al norte. Normand, al enterarse de la situación, mandó emisarios al norte y logró una tregua con la familia Benger: ambos harían frente a las Puntas y, de salir victoriosos, se repartirían el reino de Engerramet, o al menos lo que quedara de él. La guerra estalló y el enfrentamiento fue cruel e imperdonable para ambos lados, pues aunque las Puntas de Sangre luchaban con destreza y orden, los guerreros de Normand y Benger lo hacían con rabia y determinación; unos peleaban por defender el honor de su rey y los otros por proteger su legado ancestral de aquellos que buscaban poseerlo. La guerra duró lo que dura un año entero, y al final, las fuerzas combinadas de Normand y Benger no fueron rivales para las Puntas, cuyas filas parecían se constantemente nutridas con nuevos y vitales hombres, y fueron derrotadas en la decisiva batalla de Costa Verde.

El bosque de árboles rojos, que hasta ese momento había sido defendido a toda costa por el ejército de Normand, por fin fue liberado y las Puntas de Sangre fueron capaces de penetrarlo, haciéndose paso a punta de espada, en busca desesperada de los prófugos amantes. A la cabeza iba el ya deteriorado príncipe Roger que, desfigurado por las constantes batallas de la guerra, parecía estar de pie más por el odio que les tenía a los amantes, que por sus ganas de vivir. Durante veintinueve días con sus noches, las Puntas buscaron el bosque, derrumbando cuanto árbol podían, esperando sacar de su escondite a los amantes, sin lograr ningún resultado. Por fin, en el día treinta, las Puntas llegaron al Círculo de Carac, el corazón del bosque, en donde se solía rendir tributo a los antiguos dioses creadores de Icea, y en donde se habían refugiado los amantes desde su huida de Engerramet. Incapaces de abandonar el bosque a causa de la guerra, los amantes habían formado una sencilla vida en el Círculo, esperando pacientemente el momento en el que pudieran abrirse paso al mar y zarpar hacia las tierras del sur, alejándose de ahí y dejando atrás su violento pasado.

El príncipe Roger fue el primero en pisar el Círculo y, al encontrarse con los amantes, su ira incrementó al percatarse de la situación de Ema. La antigua princesa estaba embarazada, y a juzgar por su tamaño, muy próxima a dar a luz. Encolerizado y deseando acabar con aquella criatura nonata cuanto antes, ordenó a sus Puntas esperar en los bordes del Círculo, pues les dijo, debía ser él quien acabara con aquellos dos traidores causantes de tanto dolor y muerte. Los amantes se tomaron de las manos, y se arrodillaron en el centro del Círculo, hablando en un lenguaje que nadie más podía comprender, mientras rogaban a alguien que solo ellos podían conocer. Confundido, el príncipe se detuvo en seco, asustado ante las actitudes de los amantes, y ese fue el peor error que pudo haber cometido. En ese momento, del cielo descendió una incandescente luz, como si de una lluvia de fuego se tratase, que envolvió a los amantes por completo, ocultándolos de la vista. El bosque entero se iluminó y, cuando la luz se hubo ido y el mundo hubo vuelto a la normalidad, los amantes habían desaparecido y el príncipe Roger yacía muerto en el piso, con una expresión de profundo horror grabada en el rostro.

Como triunfador de la llamada Guerra de las Puntas, el reino de Hunfrey conquistó al reino de Engerramet y a lo que quedaba del reino de Normand y de las tierras del norte, y estableció lo que en pocos años llegaría a ser Namalan, uno de los reinos más importantes de la Ruptura. El hermano menor de Roger, Geffrey, un fiel devoto del Culto a Quelkán, subió al trono de Hunfrey y designó a su primo y confidente, Arther Folkes, como el rey de Namalan. En pocos años y bajo la mano de Arther, Namalan se convertiría el centro del mundo y la cuna de la Ruptura, el periodo de mayor esplendor que ha conocido Icea. Los reinos que existieron en la Pre-Ruptura se fueron doblegando ante Namalan, uno a uno, y el Culto a Quelkán pronto fue la cobija que arropó al mundo entero.

En cuanto a los amantes, nadie volvió a saber de ellos. Los cantos de la época afirman que, después de rezarle a los antiguos dioses, que sabían que muy pronto dejarían de recibir la fe de los habitantes de Icea, ambos fueron llevados al Ellice, el paraíso en donde aquellos poderosos creadores moraban, para vivir ahí por el resto de la eternidad. Los más devotos al Culto afirman, por el contrario, que fue el mismo Quelkán el que los envolvió con su anillo de fuego, otorgándoles la inmortalidad con su toque ardiente y dándoles la oportunidad de buscar la vida que ambos añoraban. Los eruditos realistas, en cambio, afirman que los amantes hicieron un pacto suicida y se quitaron la vida frente al príncipe, prefiriendo la muerte a vivir separados. Y aunque se ha hablado de una pareja de jóvenes que, acompañados por su pequeña hija, una niña especial que parecía irradiar una mística energía, se asentaron en el territorio que actualmente es Holbein, y vivieron el resto de sus días en las profundidades de los bosques, y de vez en vez los Holbenanos afirman que en los bosques del norte se escucha la melodía que los amantes solían cantarse, lo cierto es que no se conoce el desenlace de la leyenda, y no hay nadie vivo que pueda confirmarlo.

Aun así, en la actualidad, son muchos los que, con el corazón roto a causa de un amor perdido o con la soledad como única compañera, viajan hasta Triquerra y se dirigen al lugar en donde alguna vez estuvo el Círculo. Y al llegar ahí, lloran y levantan las manos y suplican por encontrar un amor, o tal vez piden la protección de uno ya encontrado, pero gritan a los cielos, sollozando con devoción, esperando ser tocados por la gracia de los Amantes del Círculo de Carac.

Extracto tomado de “Historia de Amor de Icea”, por Eloise Gelen