El ánima de Maulden

En el extenso reino de Blavata hay muchos lugares en los cuales uno se puede perder: esta el centro, dos veces más grande que el de cualquier otro; están las afueras del reino, vastas y tal vez interminables, como el mismo océano; está la Retaguardia, uno de los lugares más peligrosos no solo en Blavata, sino en toda Icea. Cualquiera de estos lugares son temidos por los habitantes y visitantes de Blavata, pero aun así son frecuentados. Pero hay un lugar en el reino del invierno que es evitado a toda costa, al que ni siquiera los Anargáutas más valientes se atreven a acercarse: el bosque de Maulden, el hogar del ánima en pena.

Metylda Owin fue alguna vez, una de las mujeres más ricas de la antigua Blavata. Hija de Obal y Obalina Owin, hermanos gemelos casados para preservar la sangre real, Metylda estaba prometida en matrimonio a su hermano, Metyl, doce años más grande que ella. La joven era dulce e inocente, demasiado para su propio bien. Fácil de manipular y aún más de ilusionar, Metylda vivía bajo el cruel yugo de su hermano y futuro esposo, y la indiferencia de sus padres, que la veían como una decepción. Aun así, la joven, según se dice, siempre intentó mantener una sonrisa en el rostro, buscándole el lado positivo a su vida aun cuando había muy pocas razones para hacerlo.

Todo cambió una día trece, cuando a la antigua Blavata llegó un forastero de nombre Jame Gale. Recio, atractivo y misterioso, el joven encantó a cada mujer que se cruzó por su camino pero, para sorpresa de todos, él parecía solo tener ojos para la dulce Metylda. La joven de inmediato correspondió las atenciones del forastero y no pasó mucho tiempo antes de que cayera perdidamente enamorada de él. Al enterarse, Metyl, furioso, confrontó a la muchacha, que por primera vez en su vida se atrevió a enfrentarlo. Confesó su amor por el forastero y se condenó en el proceso. Metyl sabía que necesitaba a su hermana con vida para heredar sus tierras y fortuna, pero su crueldad era legendaria. Mandó arrestar al forastero, que logró escapar a duras penas, no sin antes perder los cinco dedos de la mano derecha. Metyl, entonces, los presentó a su hermana como prueba de la muerte de su amado. La tristeza de la chica fue enorme y Metyl logró su cometido: asesinar a su hermana en vida.

Los años pasaron y la vida siguió. Obal y Obalina murieron en un extraño accidente que jamás se aclaró por completo. Metyl se casó con su hermana, reducida a no más que un recuerdo de lo que alguna vez fue, y con ella engendró a cuatro hijos, cada uno peor que el anterior. Metyl fue la cabeza de Mautel por dos décadas más, cada día siendo más déspota, y enseñó a sus hijos bien, pues un trece, al caer la noche, el mayor, Aldor, lo asesinó para asegurar su lugar como nuevo señor de Maulden. Después procedió a deshacerse de sus dos hermanos menores para después casarse con la más joven de sus hermanas, Aldana, Ambos procrearon a dos hijos, que continuaron con la maldición de su familia: un trece, al caer la noche, asesinaron a Aldor y Aldana, y ascendieron al trono de Mautel. Ocho generaciones más repitieron el mismo ciclo de sangre, con los hijos asesinando a los padres, y solo una cosa permanecía constante. Detrás del trono de Mautel, susurrando a los oídos del rey en turno, una sombra, más fantasma que mujer, con la amargura del mundo encerrada en sus ojos, envenenaba al padre en contra del hijo, y creaba discordia entre la familia, destruyéndola por dentro. Y con cada nueva palabra que salía de la boca de Metylda Owin, más odio era sembrado en los corazones de cada uno de sus descendientes.

La familia Mautel pereció durante la Ruptura, y después, en donde alguna vez estuvo su imponente castillo, solo quedó una pequeña y oscura cabaña, tan humilde que ni siquiera un campesino buscaría refugio en ella. Los años se convirtieron en milenios y la cabaña resistió incluso las más duras tormentas, las más imperdonables ventiscas, sumergiendo al bosque en el que se encontraba en la más profunda de las penumbras. Los habitantes del nuevo reino de Blavata lo consideran, hasta la actualidad, embrujado, pues afirman que dentro de la cabaña vive la misma mujer que alguna vez reparó su corazón roto con la sangre de su familia. Algunos que se han atrevido a acercar afirman que Metylda Owin canta por las noches una melodía, la canción más triste del mundo, llenando el aire con melancolía, ahuyentando a los animales, secando los ríos e incitando a los vientos. Y Metylda Owin canta por su amor perdido, por la esperanza abandonada y por la vida que alguna vez pudo tener. Canta para cualquiera que la quiera escuchar y quienes lo hacen, jamás escuchan algo más. Y eso solo la incita a cantar más, pues cantará hasta que no haya nadie más que la pueda escuchar.

Extracto de “Familias de Blavata: de la Pre Ruptura hasta hoy”, por Alice Catrain