Un vistazo dentro de la boda de Sadie Suky y Randy Kester

por Amelyn Albreda

La invitación para el enlace de la feliz pareja

El pasado quinto del noveno, en punto de las 6 del atardecer, la nobleza de Blavata se reunió bajo la Flor de Manel para celebrar la unión de dos de los jóvenes más atractivos y prometedores de la llamada Generación del Mañana: Sadie Bess Suky, la hermosa y popular sobrina de Jett Proulter, Archiduque de Talebot y uno de los más allegados confidentes del Rey Josep Melcher; y Randy Aphoteus Kester, el gallardo jugador de Aeróstato, considerado un héroe real desde la victoria de Blavata contra Triquerra en la final de Aeróstato de los pasados Juegos de Havlón.

Los jóvenes, ambos de veintiséis años, se conocieron hace casi tres, cuando coincidieron en uno de los muchos bailes reales que tienen lugar alrededor de nuestro reino. “En el momento en que puse mis ojos en ella, supe que era la mujer para mí”, nos dice el novio mientras espera a su futura esposa a las afueras de la Flor. Visiblemente ansioso, caminando de un lado a otro, a veces pensativo y un poco despistado, el joven Randy, hijo de una de las diseñadoras más importantes de Icea, Dimia Mawt de Kester, es, a primera vista, todo lo que cualquier chica podría pedir: alto, musculoso gracias al demandante juego de Aeróstato en el que sobresale, de cabellos castaños y rizados y con una sonrisa amplia y sincera que le provoca unos coquetos hoyuelos en las mejillas. “Nunca tuvo pocas pretendientes”, nos dice su madre, la icónica Dimia Mawt, mejor conocida como La Dama de la Eterna Silueta, mientras disfruta uno de sus constantes cigarrillos negros, “pero la pequeña Sadie realmente le robó el corazón.” Al preguntarle si los Kester se llevan bien con los Suky, la Dama sonríe y se limita a asentir, despreocupadamente. “Por supuesto”, nos responde antes de llevarse el cigarrillo de vuelta a la boca. “Todos somos amigos, siempre lo hemos sido. Crecimos juntos, ¿cómo podríamos no serlo?”.

En punto de las seis, las campanas de la Flor comienzan a sonar, anunciando la llegada de la novia. Ante los ojos de más de doscientos invitados, el clásico móvil púrpura de la Casa de Kester se asomó por el camino y pasaron solo unos pocos segundos antes de que se detuviese por fin. La novia, usando un hermoso vestido color crema e incrustado de pies a cabeza con cristales traídos de las minas de Havlón (lógicamente diseñado por su futura suegra), luce el rostro de cualquier muchacha a punto de ver su sueño hecho realidad: radiante, con lágrimas en los ojos al ver a su gallardo y sonriente prometido esperándola frente a altar de la Flor. La novia, cuyo padre, Isaac Kester, falleció hace algunos años, es escoltada al altar por su tío, el Archiduque de Talebot; camina con pasos cortos pero decididos, su porte recio y firme mientras se acerca a su futuro.

La ceremonia es breve pero dulce. Hay palabras de la madre del novio y del tío de la novia; la hermana de la novia derrama algunas lágrimas mientras su madre recuerda a su difunto padre, y el primo del novio le da una palmada en el brazo antes de entregarle las alianzas. El momento cómico de la ceremonia se da cuando el pequeño sobrino del novio, afectuosamente conocido como Pippín, deja caer su sonaja en medio de las Declaraciones de los novios, provocando que hasta ellos suelten una risotada. En cuestión de minutos, la ceremonia ha terminado y los novios son oficialmente esposos.

La celebración se llevó a cabo en Lardel, el enorme castillo de Dimia Dawt de Kester, y el hogar del novio. Exóticamente decorado como una selva de Holbein, los jardines de Lardel recibieron a casi cuatrocientos invitados: nobleza de todos los reinos se reunió para felicitar a los novios, deseándoles una próspera vida llena de amor e hijos. Los compañeros de Aeróstato de Randy lo acompañaron en la porra oficial del equipo, antes de cargarlo y elevarlo por los aires en muestra de júbilo. Las compañeras de universidad de Sadie, no queriendo quedarse atrás, le hicieron su propia porra a la novia y la ayudaron a cambiarse a un vestido más sencillo para el resto de la noche.

Los invitados eran un verdadero desfile de luminarias: Eudo y Tobey Ancelm, Condes de la Estela en Havlón, charlaban con Gemmes y Elia Wilecoc, Barón y Baronesa del Geronte en Holbein; Borrhin Melcher, Príncipe Heredero de Blavata y su novia, Amelie Lerroc, Duquesa de Simoné en Triquerra, se sentaron con Williamina Straub, viuda de Sorrento; su hermana Sarrha, que iba sin cita alguna para la noche, bailó con Marianne de Clarimond, Duquesa de Salove y Francis Peirce, Vizconde de Gaspar. Pero la gran sorpresa fue, sin duda, la presencia del Vizconde de Mabinogion, Sebastian Kopperkamp, que, acompañado por la Duquesa de Talebot, Emilia Proulter, hizo su debut oficial en la corte Blavatense. Su asistencia al evento sin duda alzó más de una ceja, pues el infame Vizconde era, hasta esa noche, famoso por ser casi un ermitaño al que casi nunca se le veía fuera de su suntuoso palacio, Harewood. Sin embargo, en compañía de la joven Emilia, Sebastian disfrutó e incluso bailó por ratos, mostrando su apoyo hacia la joven pareja que unía sus destinos frente a él.

Aunque los esposos se retiraron al punto de la medianoche, para disfrutar su primera noche como marido y mujer, la celebración continuó hasta entrada la mañana, cuando la música ya casi había muerto, pero el ánimo no. Antes de que los novios partieran, un juego de fuegos artificiales iluminó el cielo nocturno, brindando un espectáculo que bien pudo haber sido rival de aquel que se da cada año en Llasante. Tan brillante fue el despliegue de luces que varios asistentes se quejaron de problemas de visión inmediatamente después; sin embargo, los Energizadores estaban listos y dispuestos para curar cualquier molestia que pudiese interrumpir la celebración, y no pasó mucho antes de que los dolientes estuvieran de vuelta en la pista de baile, como si nada hubiese pasado.

Para cuando el sol se asomó por el horizonte, los criados quisieron comenzar la ardua tarea de dejar el jardín como había estado antes. Aun con muchos asistentes bailando, tomando y en modo celebratorio, los pobres vasallos debieron dejar pasar al menos diez canciones más para que el ánimo alcanzara un punto fácil de interrumpir. Los últimos en irse, como siempre, fueron los hermanos Gantt, ambos con una muchacha acompañándolos, más, seguramente, por necesidad que por placer, pues ambos estaban demasiado ebrios para sostenerse. Mientras la puerta se cerraba detrás de ellos, un último vistazo a los jardines dejó ver los estragos la que será, sin duda alguna, una de las mejores bodas, no solo en la reciente historia de Blavata, sino en la de Icea, y mientras la banda comenzaba a empacar, la nostalgia de una celebración terminada inundó al éxodo de invitados que abandonaba Lardel, adentrándose en las calles Blavatenses para buscar alguna taberna en la cual seguir la fiesta.

¿Y qué sigue para nuestros recién casados? “Una larga y tranquila sesión de descanso en las más profundas selvas de Holbein”, nos dice la novia antes de marcharse. “Siempre hemos disfrutado las actividades extremas y exóticas. Estaremos fuera un mes y después regresaremos a nuestro hogar, aquí en Blavata.” El hogar en cuestión, cuyo nombre es Calnar y que se encuentra en las afueras de Blavata, fue un regalo del mismísimo Josep Melcher a los novios. “Sin duda fuimos afortunados”, nos dice el novio mientras rodea a su mujer con el brazo. “El castillo ya está completamente decorado, lo que hará nuestra mudanza mucho más sencilla”. Y es que sin duda son afortunados. Basta mirarlos una vez para saber que son una pareja hecha por el mismo Manel. Nuestros mejores deseos para Randy y Sadie: que su matrimonio sea tan alegre y espectacular como la boda a la que generosamente nos invitaron. ¡Un ayá por los novios!

Extracto tomado de “La Gaceta de Blavata”, sexto del noveno, cuatro mil ocho