Llasante: el icónico festival de Blavata, visto desde los ojos de una Triquerrense

por Elsa Ansel

Cada año, durante uno de sus periodos menos fríos, de los cuales cada vez hay menos, el reino de Blavata se sacude el usual blanco que suele vestirlo, y lo cambia por una desbordante cascada de colores, brillantes y vivos, para, irónicamente, celebrar aquello que está muerto. Lo que es para el resto de los reinos una tradición mórbida e incluso un poco macabra, para los Blavatenses es una celebración a la vida, una forma de festejar los recuerdos de aquellos que han dejado esta tierra, pero que jamás nos dejan del todo.

El festival es sencillo en su ejecución: el reino entero sale a las calles y peregrina hasta la plaza principal, en donde, después de unas palabras del rey y la reina en turno (Josep y Luanda Percival en la actualidad), se realiza el famoso Baile de las Luces, una danza alrededor de una oriolta (la célebre y tétrica flor oficial de Blavata) gigante, que culmina con un espectáculo de fuegos artificiales y luces que iluminan el cielo nocturno, momentáneamente convirtiendo la noche en día.

Lo primero que esta reportera hace al llegar al reino es intentar mezclarse con el resto de los locales y asumir el espíritu festivo, pero no es una tarea sencilla. Como Triquerrense, conozco las costumbres de mis vecinos del norte e incluso soy capaz de apreciarlas, pero, de inmediato, es muy notorio que, para los Blavatenses, esto es más que un festival. No estamos hablando de una fiesta cualquiera, sino de algo mucho más trascendental, una verdadera catarsis grupal que se tiene que vivir para verdaderamente comprender.

Al estar entre ellos, una cosa es clara: Llasante es la celebración Blavatense por excelencia. No hay un negocio o tienda a la vista que esté operando, no hay escuela, ni trabajo ni obligaciones durante esta noche; los muertos poco uso tienen para ellas. Toda alma en Blavata, sea hombre, mujer o infante está enterrado bajo capas enteras de maquillaje y flores, como si quisiesen, al menos por una noche, abandonar su identidad y ser uno más entre el montón. Esto, por supuesto, aplica solo para los comunes: los nobles, no importa cuánto lo intenten, no pueden escapar de sus apellidos, y pocos parecen querer hacerlo.

A la caída de la noche, usando un discreto tocado hecho de rosas rojas que hice aprovechando el rosal de mi propio jardín, y con un sencillo vestido negro, el mismo que uso para todas las fiestas a las que llego a ser invitada, abandoné mi modesta habitación y me dirigí a las calles de Blavata, armada únicamente con una libreta, una pluma y suficiente tinta para toda la noche. De inmediato, me sentí como una extraña y entendí por qué los extranjeros son fáciles de identificar en Llasante. Mi rostro no llevaba una gota de maquillaje, mi vestido era plano y sin ningún adorno, y el tocado sobre mi cabeza bien pudo haber sido el arreglo floral que se encuentra en una boda de mal gusto. A mi alrededor, los Blavatenses me lanzaban miradas desconcertadas. “¿Por qué la sencillez? ¿Acaso no sabe dónde estamos?”. Su desconcierto estaba justificado. Las mujeres que pasaban frente a mí no solo llevaban flores en el cabello, sino en sus vestidos. Algunas, seguramente aquellas con rublos de sobra, llevaban vestidos hechos de flores. Los hombres también las llevaban, en sus sombreros, en sus solapas, en las mangas de sus sacos y en sus corbatas. Incluso los móviles clásicos y las carrozas las llevaban, y de pronto me sentí vestida para un funeral, en lugar de una fiesta.

Pero las flores no se comparaban con el maquillaje en el rostro de los habitantes del reino. Es bien sabido que los maquillistas de Blavata son los mejores, y el reino incluso tiene un estudio en su célebre universidad dedicado al maquillaje, algo que le resulta muy entretenido a sus tres reinos hermanos. Sin embargo, el verlo en persona es algo que resulta asombroso y perturbador. Profundamente perturbador. No eran caras humanas las que pasaban frente a mí, sino esqueletos, blancos y siniestros. Algunos, para agregarle una innecesaria realidad al cuadro, habían incluido sangre en la decoración y más de una vez me encontré deseando no haber ingerido tanta comida durante la cena.

El sonido de un móvil arrancando apartó mi atención del cráneo sangrante que se pavoneaba frente a mí, y la dirigió hacia el extenso Camino Goulag, el más largo de Blavata, que conducía directo hasta la plaza principal y por el cual transitaría la Corte Real, liderada por los reyes, Josep y Luanda Percival. Él, solemne y firme, usando una clásica corona de orioltas y un discreto pero elegante traje gris. Ella, envuelta en azucenas de tantos colores que ni siquiera logré distinguir uno, y con una sonrisa de oreja a oreja que parecía algo distante. Ambos tomados de la mano, saludando a su pueblo y tal vez un poco abrumados, montados en una carroza más decorada que cualquier otra, y tan lenta que probablemente entorpecería el tránsito, pero eso poca importancia tendría, seguramente.

Detrás de ellos, sus dos hijos, el Príncipe Heredero Borrhin y la Princesa Sarrha, imitaban a sus padres y saludaban al pueblo, mucho más torpes que sus progenitores, pero a la vez más sinceros. La Reina Madre, Johanna, saludaba desde su asiento, con toda la delicadeza y elegancia de una mujer de ciento diez. Los Proulter, Jett y Emilia, padre e hija y dos de los nobles más queridos de todo el reino, populares y respetados incluso en Triquerra, ocupaban la carroza más grande de toda la procesión y ambos lucían las sonrisas más sinceras también. Los Godfrey, marido y mujer y tan incómodos como el piquete de un mosco en la palma de la mano, ocupaban el cuarto lugar en la procesión pero bien podían no estar ahí en lo absoluto. Todos parecían ignorarlos, y ellos a su vez parecían desear estar en cualquier otro lugar. Por último, el Vizconde de Mabinogion, Sebastian Kopperkamp, viajaba detrás de ellos, acompañado no de sus padres, sino de la mismísima Marianne de Clarimond, aparentemente de vuelta a la vida social después de más de un año de ausencia, y de otro joven muchacho que lucía la misma sonrisa de entusiasmo que los niños que lo saludaban desde las aceras.

El camino hacia la plaza principal tomó casi una hora; querido lector, no me avergüenza decir que, al principio del viaje, hubo un momento en el que consideré rendirme y volver a la habitación. La gente era demasiada, casi abrumadora, y la ansiedad de saber la cantidad de tiempo que llevaba en ese camino comenzaba a ser molesta. Sin embargo, con cada nuevo paso que daba, debo admitir también que mi sentido de celebración aumentaba. Y es que el ánimo de los Blavatenses, su espíritu e ímpetu eran contagiosos, y muy pronto, sin darme cuenta y sin siquiera quererlo, me encontré cantando con ellos, una canción cuya letra ni siquiera sabía y cuyo ritmo parecía eludirme.

Durante esta eterna procesión, conocí a Clifton Dannet, un anciano que perdió a su esposa de más de treinta años, Adela, en el quinto del año pasado, y que iba decorado con lo que parecían ser cien tulipanes, la flor favorita de su mujer; conocí también a Helewise Stan, una joven de veintidós que perdió a sus padres en un accidente de móvil y que cantaba entre llantos, lamentando no haberles podido presentar al hombre que pronto sería su esposo; y conocí al pequeño Wiscar Faques, un niño de nueve que, acompañado por sus tíos, cantaba en honor a su madre, que murió en el tercero de hacía dos años, a causa de una fuerte y tajante enfermedad.

La tristeza estaba presente, y aunque era fácil ignorarla, si se miraba con detenimiento, podía encontrarse escondida debajo del maquillaje y las flores. Algunos lloraban y otros más sollozaban, pero con todo y eso, no era la tristeza la que dominaba la escena. Todas estas personas a mi alrededor habían perdido a alguien, todos fueron llevados ahí por una extraña mezcla entre dolor y alegría. Y con todo y el dolor, era la alegría la que se sobreponía, porque los Blavatenses así lo querían. Este era un reino que lloraba por extrañar, pero celebraba por recordar. En Blavata, la muerte no era eterna, sino momentánea. En Blavata, sonreían por encima del llanto, porque aún en la tristeza había motivos para celebrar.

Mientras el final del camino llegaba y la oriolta de plata comenzaba a asomarse en el centro de la plaza, simbolizando el final de aquella peregrinación, vino a mi mente el recuerdo de mi padre, un hombre que vivió por sesenta años, siempre con el ceño fruncido y una pipa en la boca, con un exterior recio que ocultaba un interior delicado y frágil. Mi padre se fue una tarde húmeda y calurosa, y pasé tantas noches en llanto, aferrándome a su ausencia y extrañando su presencia. En ese entonces, no podía, o no quería comprender nada más que lo obvio: mi padre se había ido y jamás regresaría. En aquel momento, frente a la enorme flor que me enfrentaba y mientras los Blavatenses se tomaban de las manos y comenzaban a danzar alrededor de ella, la memoria de mi padre parecía más presente que nunca y, por primera vez en mucho tiempo, sonreí al recordarlo, y al hacerlo, no fue con tristeza, sino con melancolía e incluso un dejo de felicidad. Su ausencia me mataba, pero su recuerdo me daba vida.

Tal vez, pensé mientras el cielo se iluminaba con parpadeantes luces rojas y verdes, Llasante es más que maquillaje y flores, más que vestidos y trajes, más que móviles y carrozas. Tal vez la muerte es más que un final. Tal vez, de ahora en adelante, cada vez que piense en mi padre, mis lágrimas vendrán acompañadas con una sonrisa, por muy débil que sea. Y tal vez regrese a este frío reino, a esta extraña fiesta de muerte y vida, ya no por obligación, sino por gusto. Tal vez. Ese fue mi último pensamiento antes de tomar la mano de la mujer a mi lado y unirme al baile en la plaza del reino. No sabía los pasos, pero hice lo mismo que hago en mi vida: me dejé llevar, esperando que no pasara lo peor. Me alegra decir que, igual que en mi vida, el baile fue mejor de lo que esperaba. Mucho mejor.

Artículo tomado de “La Gaceta de Blavata”, Doce del Sexto, Mil Trescientos Post-Ruptura