Lorelai Gilmore y el trauma de crecer sin olvidar

Si la vida es corta y hablas rápido, puede que los días se hagan más cortos. El hablar sin realmente pensar lo que se va a decir puede ser una verdadera maldición, pero de alguna manera, Lorelai Gilmore lo hacía lucir como una bendición. Una bendición maldita, tal vez, pero una bendición a final de cuentas.

Lorelai Victoria Gilmore, para todos los no iniciados, es la protagonista de “Gilmore Girls”, la peculiar y ya clásica serie empapada en referencias de cultura pop y escarcha, que terminó hace doce años y que vivió un breve renacer vía Netflix hace tres. Las Gilmore, madre e hija, más amigas y más cercanas que cualquier relación de madre e hija que se pueda encontrar en la vida real, sobrevivían a base de café, hamburguesas y noches de películas que iban de lo verdaderamente clásico (Godfather I, II y III con extra de la muerte de Sofia), hasta lo clásicamente patético (Riding the Bus with my Sister).

La serie jamás fue un hit en los ratings, pero se volvió inmortal gracias a sus coloridos personajes: fuera la rareza de Kirk, la intensidad de Paris, la desesperación de Michel o la exageración de Emily, el mundo creado por Amy Sherman-Palladino tenía suficiente carisma y encanto para fijarse en nuestra mente y quedarse ahí, aún mucho después de dejarlo de visitar semanalmente.

En el centro de este mundo, Lorelai Gilmore reina suprema, un torbellino de cafeína y equipaje emocional que la mayoría del tiempo es demasiado para cualquier persona que no la conozca. Lorelai es un gusto adquirido, sin duda, pero uno que resulta adictivo. Embarazada a los 16 años, Lorelai huyó de casa de sus padres para criar a su hija, Rory, fuera de lo que consideraba un mundo cerrado, asfixiante y controlador, fracturando la relación con sus padres por varios años.

En la superficie, sería muy sencillo juzgar a Lorelai. Después de todo, hay mucho que juzgar: es ruidosa, a veces maleducada, inapropiada, indiscreta, orgullosa, posiblemente ingrata y voluble. Jamás piensa antes de hablar, jamás considera las consecuencias antes de actuar. Lorelai es toda emoción, muy poca razón y ese es parte de su encanto, y aunque sus palabras pocas veces tienen intención deliberada de lastimar, muchas veces provocan problemas, o al menos situaciones incómodas e innecesarias. Pero lo más interesante, complejo y ocasionalmente triste acerca de Lorelai es su incapacidad de dejar el pasado atrás, y como esto la llevó a convertirse en aquello que pretendió dejar atrás cuando escapó de su casa.

Lorelai es más parecida a su mamá de lo que ella misma admite. Ambas son necias, ambas son orgullosas, ambas son inamovibles en sus decisiones. Ambas desaprueban las decisiones de la otra, y creen saber lo que es mejor aun cuando hay mucha evidencia de lo contrario. Ambas son incapaces de entenderse la una a la otra, no porque no puedan, sino porque no quieren y aunque no sabemos mucho del pasado de Emily, el de Lorelai es un libro abierto y es la razón por la cual llena sus conversaciones con referencias a películas, canciones, series y comida.

Este es el momento de preguntarse: ¿Lorelai es como es gracias a o a pesar de su pasado? ¿Esta graciosa y desesperante mujer encontraría la seriedad tan aberrante, y por ende intentaría relajar todo momento con bromas e indirectas, si no fuera por el ambiente tan estricto y firme en el que creció? ¿Emily realmente fue tan mala para ella, o fue en realidad un motor, un chispazo que encendió aquello que ya estaba dentro de ella y que solo necesitaba un poco de calor? La ironía de saber que su madre tiene mucho, si no es que todo que ver con su forma de ser sería suficiente para hacer que Lorelai considerara un cambio de personalidad, y seguramente la llevaría a recrear escenas de “Marnie”.

Los Gilmore son autoritarios, necios y exagerados, ocurrentes y cómicos, complejos más allá de cualquier comprensión superficial y eso es lo que los hizo excepcionales. Y Lorelai, con todo y su montaña de defectos, es uno de los mejores personajes en la historia de la televisión moderna, una madre que ponía la relación con su hija por encima de todo y todos, una mujer que cometió tantos o más errores de los que el espectador podía entender o incluso tolerar, y que sin embargo siempre se ganaba un lugar de vuelta en nuestros corazones.

Con el tiempo, Lorelai encontró paz con sus padres, y ellos a su vez la encontraron con ella: se enorgullecieron de su posada, aceptaron a Luke y encontraron un punto intermedio en el que todos podían convivir, bromear e incluso apreciarse en realidad. Pero Lorelai jamás dejó ir su pasado, jamás olvidó. ¿Hizo bien? La comunidad probablemente diría que no, que si no dejas ir tu pasado, no puedes avanzar. ¿Pero si Lorelai hubiera olvidado, hubiera seguido siendo Lorelai? El jurado aun no decide.